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Cazarabet conversa con Salvador López Arnal sobre Contra la (sin) razón nuclear (I y II)

Salvador López Arnal 11/07/2018
 



Javier Díaz Soro

Cazarabet

Salvador López Arnal es colaborador de rebelión, El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales y del cambio global. Junto con Eduard Rodríguez Farré es coautor de Casi todo lo que usted deseaba saber algún día sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente, Vacunas, ¿sí o no?, Ciencia en el ágora y Contra la (sin) razón nuclear. Fukushima, un Chernóbil a cámara lenta (todos ellos publicados por El Viejo Topo).

Nos centramos, en esta conversación, en el último libro de los citados.

***

¿Qué os ha llevado a escribir este libro? ¿Cuál ha sido el interruptor que os ha llevado a ello?

Me quedo más tranquilo si comento de entrada a los lectores y lectoras que el saber de este libro (también de los otros) es, sobre todo y fundamentalmente, el inmenso saber de Eduard, un gran científico, un gran humanista y un gran amigo y compañero-maestro para mí.

Respondo a tu pregunta. La importancia del tema, la decisiva importancia del tema, ahora y en el futuro, para la salud, la seguridad y el bienestar de millones de ciudadanos/as. Aquí y en muchos lugares del mundo. También para nosotros dos en concreto.

No es la primera vez que lo hacemos. Hace años publicamos otro libro sobre el tema, en la misma editorial: Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente. Entre ese libro y éste del que hablamos se ha producido un accidente atómico de incalculables consecuencias, el de Fukushima, un accidente-hecatombe que Eduard y yo consideramos uno de los momentos más graves de la industria nuclear, por no decir el más grave. Durante estos últimos siete años, desde marzo de 2011, el día de esa catástrofe atómica, hemos ido escribiendo cada cierto tiempo sobre lo sucedido (un Chernóbil a cámara lenta como apuntó Eduard poco días después de aquella fecha fatídica). Todos esos textos los hemos incluido en el libro.

Para los lectores interesados, si me permites, doy el índice del libro, para que se hagan una idea fiel: Prólogo de Miguel Muñiz, “El activismo precisa de conocimiento riguroso y ético”. Presentación: “La marca atómica como línea de demarcación del antropoceno”. 1. Coordenadas nucleares. 2. Una breve consideración sobre una tecnología ineficaz. 3. La hecatombe de Fukushima. 4. Cinco maestros reflexionan sobe las apuestas fáustico-nucleares de una civilización irresponsable. 5. Contra las falacias atómico-nucleares. 6. Henning Nankell, los residuos radiactivos y el oscuro legado de la humanidad. 7. Observaciones sobre ciencia, poder político-militar y cuentas insaciables de resultados. A modo de conclusión: “La esperanza (con él compartida) de Kenzaburo Oé”. Un anexo sobre “una iniciativa legislativa popular española en torno al cierre de las centrales nucleares” cierra el libro.



¿Alguna motivación más?

Nos ha movido también, otro interruptor de esos a los que hacías referencia en tu pregunta anterior, esta espléndida y sabia consideración de 1977 de Nicholas Georgescu-Roegen, un maestro para nosotros. Abrimos con ella el libro: “Otra alternativa abierta a la humanidad es la energía nuclear. Aunque el stock de esta energía, si se utiliza en los reactores ordinarios, no suma una cantidad mucho mayor que los combustibles fósiles; si se usa en el reactor-reproductor, algunos opinan que podría proporcionar abundante energía para una población de veinte mil millones de personas durante, quizás, un millón de años”.

Pero este plan a gran escala está lleno de problemas por las consecuencias no previstas para la especie humana, y tal vez para toda la vida terrestre, recordaba el economista y matemático rumano. “Representa, de hecho, un auténtico pacto fáustico. Los defensores de este pacto no nos dicen cómo almacenar de manera segura los residuos nucleares. Ni tampoco sugieren qué hacer con las montañas de residuos mineros resultado de la extracción del uranio, del granito de New Hampshire o de la pizarra bituminosa de Chattanooga”. Es una preocupación aún más grave, concluía NGR, “el que sólo sean necesarias unas ocho libras de plutonio 239 para fabricar una simple bomba atómica. Y no existe forma de asegurar que el plutonio 239 no vaya a parar a manos que no están controladas por mentes sensatas”. Sólo en Estados Unidos, cientos de libras de material nuclear se encuentran ya sin contabilizar, comentaba hace ya muchos años este gran bioeconomista.



Me ha gustado mucho la reflexión que realiza en el prólogo Miguel Muñiz en la que afirma poco más o menos, para que nos entiendan quienes todavía no han leído el libro, que no vale con ser crítico por ser crítico, que cada vez hay que “armarse” de más argumentos y para eso tan solo hace falta hablar hasta lo que se sepa, sin más, sin estridencias, no querer ser más papista que el Papa y saber qué se critica y porqué y hasta qué punto que para eso están los científicos, estudiosos y críticos…¿Qué nos podéis reflexionar porque si bien todos los activistas debemos saber sobre qué “protestamos” no todos tiene que ser “muy diestros”…? Y es que hay cuestiones que se despiertan desde el sentido común, lo que no debe quitar que nos informemos, estudiemos y leamos..

Poco puedo añadir a los que señalas. Estamos de acuerdo. Para cualquier activismo, se necesita pasión por la justicia, por la equidad, por la fraternidad, por la libertad, disposición para “pelear” (en circunstancias no siempre fáciles) contras las numerosas barbaries políticas en las que estamos inmersos (pienso por ejemplo, en el momento que dialogamos, en la criminal política del estado de Israel o en el pensamiento etnicista-supremacista y las posibles acciones del actual presidente de la Generalitat de Cataluña), lucha contra la barbarie, decía, la nuestra, no la de “los otros”, y conocimiento (cuando más mejor) del tema. A la manera kantiana: el teoricismo, sin práctica, es poco útil o inútil; la práctica sin teoría conduce, o puede conducir, a desvaríos, a callejones sin salida y, en última instancia, al desencanto. Las pasiones, nuestras pasiones políticas, deben ser pasiones razonadas, revisables y matizables… y vividas en comunidad, con los otros, que somos también nosotros. Un amigo, un compañero, un verdadero maestro, Joaquín Miras, explicaría esto último mucho mejor que yo lo estoy haciendo.

Y por supuesto, cuando hablo de conocimiento hablo también del conocimiento más práctico, más empírico, más concreto, el que otorga la experiencia en la lucha, en el trabajo, la participación en el combate antinuclear en nuestro caso. Los activistas tienen mucho que decir y enseñar sobre todo esto. Sus saberes nos enriquecen a todos.

Añado, además, que comparto, que compartimos, tanto Eduard como yo, el elogio que has hecho del texto, del generoso texto de presentación que nos regalado -y ha regalado a los lectores- Miguel Muñiz. Para nosotros, Miguel es un activista ejemplar, honesto donde los haya, que escribe textos imprescindibles todos los meses en la revista electrónica de mientras tanto. En términos machadiano-brechtianos, un hombre bueno. Sin ninguna sombra oscura. Todo un referente, un maravilloso referente, un compañero del alma.



Pero es que muchas veces el activismo ha sido un poco calificado, ¿cómo os diría?, de “sensacionalista” o “populista”, pero es que cuando se acercaban a expertos en la matera estos, simplemente, no se mojaban. En mi entorno lo he vivido, lo he visto…(con otras causas, pero…)

También de acuerdo con lo que creo que apuntas. Esas descalificaciones, en muchos casos, son interesadas y mal intencionadas, no son fruto de “ninguna calentura momentánea”, luego rectificada. No estoy diciendo, no quiero decir, que ningún activista del mundo-mundial no haya cometido alguna vez algún error o haya dicho alguna tontería (¡quien esté libre de pecados y torpezas gnoseológicos que tire la primera piedra!). Claro que sí, no hay duda, pero ese no es el punto, desde luego que no. Los errores, por millares y muy peligrosos, están, sobre todo, en el bando pro-atómico. ¿Es necesario justificar algo tan básico, tan sabido, tan conocido?

Ser experto en algo, ser buen conocedor de alguna materia, no implica compromiso transformador alguno. Del es al debe suele haber un salto que exige compromiso, mucha humanidad, estar concernido, alma, pasión, espíritu, sentimiento, rabia, indignación, y no pensar todos los segundos del día, mes y año en la cuenta corriente, en la ya abultada cuenta de resultados. La industria nuclear, como la industria del amianto por ejemplo (que aún existe, no es algo del pasado), está llena a rebosar de buenos conocedores de la temática en los que no asoma ninguna inquietud poliética y en los que rige, en la mayoría de los casos, un pueril fanatismo tecnológico. ¡La tecnología superará cualquier dificultad! ¡Somos la especie omnipotente gracias a nuestra omnisciencia siempre in crescendo! Tonterías mil veces discutidas y refutadas. No hay buen pensamiento en todas esas consideraciones. Ni siquiera un pensamiento de “suficiente muy ajustado”.

Los expertos suelen ser parte (hay excepciones muy importantes y a tener muy cuenta, no se puede olvidar un nudo tan básico) de los grupos dominantes que ejercen siempre su interesado poder dominante. Las remuneraciones que obtienen por esa subordinación político-cultural -incluso vital, existencial- suelen tener muchas cifras. Roma, los imperios y las grandes corporaciones pagan muy bien a sus sirvientes, cuando son sirvientes y les son útiles.

No quiero decir en todo caso, sería un falso decir insisto de nuevo, que todos los técnicos de la industria nuclear sean indiferentes a los problemas que presenta la industria, personas cuyo único interés se centra en el generoso salario de fin de mes y en las pagas complementarias. Afirmar una cosa así sería simplificar mucho la cuestión, deformarla en última instancia, pintar muy mal y de negro muy oscuro el escenario real. No es eso, hay más aristas y caras en este poliedro.



La “época” del auge de la energía nuclear, ¿marcó un antes y un después?, ¿cómo y de qué manera?

Por el incremento de la radiactividad en nuestra planeta. De hecho, como se sabe, la marca atómica ha sido la escogida para delimitar una nueva era geológica, el Antropoceno. Hablamos de ello en el primer capítulo del libro.

Simplificando mucho, tomo pie en reflexiones de Eduard, él aporta el saber: en 1942 irrumpe un fenómeno generado por la humanidad, por grupos muy específicos de la humanidad, cuyo análisis detallado nos llevaría a discutir sobre la epistemología y política de la ciencia en tiempos de guerra y enfrentamientos de Estados. Entra en funcionamiento en Chicago, en diciembre de ese año, el primer reactor nuclear ideado por Enrico Fermi, el gran físico italiano exiliado. Se le llamó la pila atómica. Es el primer reactor que se fabricó para generar una reacción nuclear en cadena controlada y obtener plutonio con el fin de poder construir la bomba atómica. A partir de entonces, con la intervención humana, y en contra de lo que hasta entonces había ocurrido, ha ido aumentado la radiactividad en nuestro planeta. Recordemos que existe un fondo de radiactividad natural que se distribuye según la geografía y que depende, en proporciones diversas, de varios factores. De la radiación cósmica en un 40%; de la radiactividad terrestre de rocas, suelo y aire en otro 40%, y, finalmente, el 20% restante, de la radiactividad natural incorporada al organismo. Así pues, el 80% de la radiación natural que el ser humano recibe es externa a nuestro organismo. Alrededor de 0,00125 Sv al año por persona, entre 0,001 y 0,0015 según el territorio.

La radiactividad natural existente en el medio ambiente proviene de los radionúclidos contenidos en la corteza terrestre desde su origen y de los radionúclidos, con períodos de desintegración mucho más cortos, formados continuamente en las series radiactivas naturales del uranio, del torio y del actinio -existe una cuarta serie artificial, la del neptunio-, o por la interacción de los rayos cósmicos con la atmósfera y la superficie del globo.

Los diversos radionúclidos naturales contribuyen muy desigualmente a la radiactividad global de la biosfera, debida fundamentalmente a una veintena de ellos. Dada su abundancia en la corteza terrestre y su ritmo de desintegración, tres de ellos, el torio 232, el uranio 238 y el potasio 40, originan alrededor del 90% de la radiactividad natural. De los catorce radionúclidos generados por los rayos cósmicos, los más frecuentes son el carbono-14 (el más abundante), el tritio (el hidrógeno-3) y el berilio-10, que representan una ínfima proporción de la radiactividad del medio. Al atravesar la atmósfera, los rayos cósmicos, fundamentalmente, protones, partículas alfa y, en menor proporción, electrones y otras partículas, interaccionan sobre todo con el hidrógeno y el nitrógeno produciendo, respectivamente, tritio y carbono-14. El nivel de radiación cósmica aumenta per se con la altura sobre el nivel del mar y con la latitud; en el ecuador, por tanto, es mínima. Conviene tener presente que la cantidad de estos radionúclidos se encuentra en equilibrio entre una formación constante y una desintegración continua con vidas medias cortas.

Sé que es un poco técnico lo que estoy contando, espero sin muchos errores.



Prosigue, no queda otra.

Como cualquier otro contaminante, los radionúclidos introducidos en la biosfera no permanecen fijos sino que existen diversos factores meteorológicos, geoquímicos, acuáticos y biológicos que determinan su dispersión y circulación por el medio, recorriendo grandes distancias a partir del foco emisor. Estos factores, junto con las características singulares del radionúclido, provocan que la diseminación del contaminante no sea en ningún caso homogénea.

Esta radiactividad, digamos natural, fue disminuyendo pero, en cambio, ha ido aumentando, como decía, desde 1942. A través de los procesos tecnológicos, de los reactores nucleares, introducimos en la biosfera elementos radiactivos, algunos de los cuales son elementos muy similares a los que fisiológicamente, de forma natural, utilizan los organismos.



Por ejemplo…

El estroncio 90, por ejemplo, que es uno de los elementos más importantes de la contaminación de Chernóbil, o el cesio 137, son radionúclidos que se incorporan al organismo. El primero actúa como el calcio y se incorpora a los huesos; el cesio 137 se incorpora a los músculos, como el potasio; el iodo radiactivo se incorpora al tiroides. Todos estos elementos consiguen incorporarse al cuerpo humano porque son equivalentes o iguales, como en el caso del iodo, a elementos no radiactivos que existen en la naturaleza y que son necesarios para la vida.

El ininterrumpido aumento del uso industrial, militar, científico y médico de la energía atómica, de los radionúclidos y las ondas electromagnéticas de alta frecuencia, rayos X y gamma, está incrementando fuertemente, y de forma continua, el nivel de exposición que sufre la especie humana a las radiaciones ionizantes.

La presencia a escala mundial de numerosas instalaciones y aplicaciones de la energía nuclear, conteniendo inmensas cantidades de radionúclidos tóxicos, altamente activos y de larga vida, constituye una gigantesca fuente potencial de contaminación radiactiva del medio y un riesgo de exposición a la radiación de creciente importancia para la salud pública. La entrada de estos radionúclidos en la biosfera ya se ha producido de forma significativa. Conocemos más de 400 elementos radiactivos artificiales, algunos de ellos detectados en cantidades importantes en la atmósfera, la hidrosfera y la litosfera.

Me he extendido más de lo conveniente. Lo podemos dejar aquí. Nos hacemos idea de lo que comentamos. Eso espero cuanto menos. Pido disculpas por este desarrollo.



Sin embargo…

Perdona, perdona, me he olvidado, tengo que insistir. En todo caso remarco: el argumento, usado desde atalayas defensoras de la energía nuclear, que señalan que también existe radiactividad natural y que, por consiguiente, no deberíamos preocuparnos, es netamente falaz, no se puede considerar seriamente. Por un lado, por lo que antes decíamos: la vida, nuestra especie en concreto, ha aparecido en un fondo radiactivo determinado que ha ido disminuyendo desde el origen del planeta, pero nosotros, con nuestras actividades, con nuestra tecnología, estamos incrementado esa radiactividad. Esto es un hecho radiobiológico comprobado. Cuanto más antigua es una especie o un philum más resistente es. Pero, además, por otro lado, la afirmación de que la radiactividad natural no tenga efectos negativos es una tesis muy discutible porque también hay estudios publicados que muestran que hay diferencias de efectos -cánceres, diversos tipos de mortalidad- cuando la radiactividad natural es más alta en una región que en otra.

Por cierto, antes de que me olvide y aunque no vega al caso.



Adelante con eso que no tiene al caso.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) firmó en 1959 un convenio o acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía Atómica  (AIEA) de Viena por el que todas las cuestiones relacionadas con la utilización de la energía atómica o con la radiactividad necesitaban el acuerdo de la AIEA. De este modo, todos los estudios que publica la OMS sobre estos temas han pasado anteriormente por el filtro de la Agencia. Desde entonces, desde la firma del acuerdo, tampoco ha habido programas de investigación de la OMS. La  misma Agencia europea tenía y tiene un comité de radioprotección o radiovigilancia pero no son temas que hayan pasado nunca por estudios de salud. Hay muy pocas investigaciones independientes epidemiológicas, radiobiológicas. La mayor parte de los departamentos de radiobiología dependían o tenían relación con  instituciones militares. En Francia, el  Comisariado de  Energía  Atómica; la Agencia de Energía Atómica en Estados Unidos. En Inglaterra, el Medical Research Council tenía unidades que estaban íntimamente ligadas con los departamentos de energía y de asuntos militares.

Pido disculpas de nuevo. Me he extendido en exceso. Seré mucho más concreto a partir de ahora.



Sí, una central nuclear tiene sus riesgos, personalmente, como ciudadana que se ha realizado constantes preguntas y dudas…he visto ese peligro, he leído y he tratado de informarme y le he temido porque siempre he visto que hay otras muchas maneras de obtener energía de forma más limpia y con menos riesgos y eso me basta, al menos a mí…¿Cómo lo veis?

El tema de la autosuficiencia energética es más complejo por supuesto. Pero sí, por supuesto, hay otras formas de obtener energía que no tienen nada que ver con la contaminación ni con la arriesgada apuesta atómica. El ámbito de las energías renovables es el territorio al que estás apuntando. No parece ninguna barbaridad apuntar que España tiene en el sol y en las energías asociadas una fuente más que generosa para sus necesidades energéticas temperadas. Toda transición energética racional, además de cambiar sustancialmente nuestras formas despilfarradoras de vida (asunto muy importante, cada vez más importante), exige una apuesta decisiva por las energías renovables, que no incluyen, se diga lo que diga y lo diga quien lo diga, la energía nuclear.



Vamos a recordar algunas consideraciones para que la gente se ponga en el argumento: ¿qué fue lo que hizo que todos los países del mundo o casi todos se quisieran alimentar de la energía nuclear? ¿es la energía nuclear y la industria nuclear un negocio?

Sobre la primera: las fantasías tecnológicas que suelen acompañarnos y, sobre todo, el negocio enorme que se abría ante los ojos de grandes corporaciones. En todo caso, no fueron todos los países del mundo, ni muchos menos. En los primeros años, Estados Unidos, la URSS, Japón por supuesto y algunos países europeos, especialmente Francia. Italia, Portugal, Grecia y Austria no han tenido nunca centrales nucleares. No hay centrales en Africa, Oceanía y muy pocas en América Latina. En el primer capítulo del libro, “Coordenadas nucleares”, hablamos de todo ello. La información que damos está actualizada

Que la industria nuclear es un negocio es tema conocido. Basta mirar la cuenta de resultados durante décadas de TEPCO, la corporación nipona propietaria de Fukushima, o los beneficios obtenidos por las empresas eléctricas españolas. Una parte sustantiva de su negocio son las centrales atómicas.

Y no hay que olvidar, en ningún caso, las profundas relaciones entre la industria nuclear y la industria militar en su vertiente atómica. Lo de átomos para la paz fue un camelo, otro camelo que convenció a muchos predispuestos a ser convencidos. La pata militar-atómica es esencial en todo ese asunto.



¿Qué hace que aún hoy algunos gobiernos mantengan esa política de “retener” la energía nuclear?

Hay excepciones, pocas. Cito el caso de Alemania. Un gobierno alemán, liberal-conservador, decidió abandonar la energía atómica, poco después de la hecatombe de Fukushima. No han rectificado. La opinión pública, la movilización ciudadana cuenta.

Las razones de los que siguen en sus trece, incluso incrementado la apuesta y ampliando el plazo de duración de las centrales construidas, son estrategias gastadas. A pesar de lo vivido en Japón en esta misma década, la industria atómica, dicen, es segura, barata, eficaz. No tiene alternativas. Etc. Música muy oída. Sus cuentos conocidos esconden cuentas abultadas de las grandes corporaciones. Esta reflexión de Paul M. Sweezy de 1975 sigue siendo muy actual y conviene tenerla muy en cuenta: “Mientras las fuerzas motrices de la producción sean el beneficio y la expansión de las empresas que buscan los beneficios y mientras la renta de los trabajadores se mantengan a la baja precisamente para permitir un aumento en los beneficios y una expansión más rápida de las empresas, aumentará el crecimiento del poder de la sociedad para intentar dejar atrás su capacidad de consumo”.

Y si esta contradicción es más profunda y penetrante hoy día que en tiempos de Marx, proseguía el gran economista marxista norteamericano “la razón es que, en el periodo transcurrido, el proceso de concentración y centralización del capital -que él reconoció como rasgos inevitables del desarrollo del capitalismo- ha ido tan lejos que los monopolios dominantes tienen hoy día el poder no sólo de explotar a sus propios trabajadores, sino también al de los restantes estratos de la sociedad, ensanchando de este modo la brecha entre la riqueza en un extremo y la pobreza en otro, al mismo tiempo que hay, o pronto podrá haber, un amplio poder productivo para suministrar a todo el mundo sin excepción los medios para vivir humana y decentemente”. En estas circunstancias, concluía Sweezy, “los economistas han cargado sobre sus hombros la tarea de esconder los hechos, de hacer aparecer lo incontrolable como si estuviera controlado, de racionalizar un sistema que condena a cientos de millones de seres humanos a vivir en la desesperación y el hambre y que, a través de su libertinaje y violencia desmedidos, amenaza la misma continuación de la vida en la tierra. No es una tarea que les envidie”.

Ultimamente han añadido un nuevo argumento, defendido incluso por parte de algunos ecologistas, más bien ex ecologistas. No nos queda otra: parar el cambio climático, lo más urgente y necesario, exige no abandonar la apuesta atómica (aunque se reconocen riesgos y no se idealiza la decisión como en otras aproximaciones). Jorge Riechmann dio buena cuenta de este argumento falaz. Puede verse en un prólogo que escribió para el libro, que ya he citado antes, que Eduard y yo escribimos hace años sobre industria nuclear y salud humana. Hay una reflexión de Riechmann, anterior al accidente de Fukushima, que me gustaría recordar aquí (lo hacemos también en el libro): “Quienes hablan, hoy, de seguir construyendo reactores nucleares no han comprendido nada de la tragedia de Chernóbil. Y Chernóbil era, quizá, la última advertencia de la que podíamos aprender, si es que ha de existir en el futuro una humanidad libre sobre una Tierra habitable. Mi convicción personal es que la única energía nuclear limpia y segura, que hemos de reivindicar sin tregua, es la de las reacciones de fusión que tienen lugar en el interior del sol y nos llegan luego en forma de bendita luz solar que caldea la atmósfera, mueve los vientos y nutre la vida”.



¿Qué o cuáles son los peligros o fallos más frecuentes que puedan tener, así genéricamente, las centrales nucleares?, porque, además, para rizar el rizo hay como diferentes tipos…por ejemplo leía un libro en la que se explicaba, hasta lo que mi entendimiento alcanza, que la de Cofrentes es muy parecida a la de Fukushima y Chernóbil…

Sí, desde luego, que hay centrales de diferentes tipos. Pero no hace falta entrar en estos detalles técnicos. La de Cofrentes fue diseñada como Garoña. La central, ubicada a apenas dos km de Cofrentes, logró la autorización para su puesta en marcha en julio de 1984 (su permiso de funcionamiento termina en marzo de 2021). Es la planta que cuenta con mayor potencia eléctrica instalada en España: 1.092 megavatios. En 2016 produjo el 17% de la energía eléctrica de origen nuclear que se genera en España. Los grupos ecologistas han alertado de los serios riesgos de la central. Recuerdan que contabiliza 25 paradas no programadas y más de cien “incidentes” de seguridad. Además, a finales de 2016, Iberdrola, la empresa propietaria, inició los trámites para implantar un almacén de residuos radiactivos en la misma central. Este almacén, a juicio de “Tanquem Cofrents”, es el primer paso del plan que persigue la empresa, la ampliación del periodo de funcionamiento, más allá de su periodo de vida útil. 

Los peligros son evidentes cuando se piensa en Chernóbil y en Fukushima y no se olvidan otras situaciones anteriores menos citadas. Eduard suele insistir en ello. Con razón. Ha habido muchos accidentes nucleares, de diferente gravedad, aparte de los más conocidos. Hablamos de ellos en nuestros libros. No han sido sólo Chernóbil y Fukushima y ya está (aún siendo mucho).



De las demás que hay instaladas y en funcionamiento en el Estado Español, ¿siguen patrones diferentes que las hacen “más seguras” ¿, si se puede hablar de seguridad en las centrales nucleares…. precisamente me acuerdo ahora de un incidente en Vandelllós ---creo recordar en el sistema de refrigeración del agua--- que tuvo lugar muy recientemente….(http://www.lavanguardia.com/local/tarragona/20180302/441192499540/vandellos-ii-registra-una-parada-no-programada-del-reactor-por-un-goteo-de-agua.html ; https://www.diaridetarragona.com/costa/Un-goteo-en-la-refrigeracion-del-reactor-de-Vandells-II-obliga-a-parar-la-nuclear-20180302-0054.html )

No, no, no siguen patrones diferentes que las hacen más seguras. En absoluto.

Por lo demás, hablando de seguridad, el CSN es un organismo que, hasta el momento, ha estado en manos de representantes políticos pro-atómicos. Con alguna excepción Cristina Narbona, quien, por cierto, fue sustituida no hace mucho, desde que ocupa la presidencia del PSOE, por Jorge Fabra.

Conviene recordar unas declaraciones suyas, de Fabra, muy interesantes, cuando era presidente de Red Eléctrica de España. La primera preguntó se centró en la rentabilidad del negocio nuclear en España. Su respuesta: “El negocio nuclear en España, si seguimos la lógica de la regulación del sector, debe generar beneficios muy elevados. Soporta unas cargas que no son mayores que otros segmentos eléctricos. Pero no las soporta el sector nuclear sino los consumidores. Porque el impuesto general sobre la producción que afecta a las centrales que marcan el precio -las de gas- acaba elevando los precios del mercado y, por lo tanto, subiendo la presión fiscal a la que está sometido el sector nuclear como otras tecnologías”.

Se habló a continuación del recibo de la luz. ¿Subiría un 25% si se cerraran las nucleares como se ha afirmado en reiteradas ocasiones? Su reflexión: “No, esto no es cierto. Los consumidores no estamos pagando por las centrales el coste al que producen. Estamos pagando por la electricidad que producen las nucleares al mismo precio que las de ciclo combinado, que son las que marcan el precio de la electricidad en España. Sería lo mismo que tuviéramos un parque solo por centrales de ciclo combinado; tendríamos el mismo coste los consumidores. Nos cuesta lo mismo la hidroelectricidad, las nucleares, las de carbón y los ciclos combinados. Por el contrario, si la vida útil de las centrales no fuera prolongada sería sustituida con ventaja por las renovables. La fotovoltaica y la eólica han puesto de manifiesto una curva de aprendizaje, de reducción de costes, que hoy las hacen ya competitivas contra las alternativas térmicas”.

¿Y los residuos generados, asunto muy importante? ¿Se tenían en cuenta en el debate nuclear desde una perspectiva económica? ¿Cuál era su opinión? Su comentario: “En la comunidad de expertos sí se tiene en cuenta. Los residuos son algo que está enterrado, que es pasivo, que tiene una cierta invisibilidad frente a la opinión pública”.

Pero, en su opinión señaló, el asunto no ha estado ni está en el debate público, “y debería estar presente”.

Se le preguntó también si tenía sentido ampliar la vida útil de las nucleares más allá de los 40 años. Hablando desde una perspectiva esencialmente económica -no se ubicó Fabra en una perspectiva más global, donde otras aristas estuvieran también presentes, lo que sumaría más argumentos críticos a esta posibilidad- carecía completamente de sentido desde su punto de vista. Ampliar la vida útil de las centrales 20 o 30 años más, apuntó, “implica aumentar de una manera tremenda, más del 50%, los residuos que ya tenemos y con los que estamos teniendo dificultades de gestión. Existen alternativas competitivas, incluso teniendo en cuenta el menor coste de inversión que implicaría la ampliación de la vida útil respecto a la construcción de una nueva. Está habiendo subastas de eólica y fotovoltaica en todo el mundo que se están resolviendo por debajo de los 40 y los 30 euros por megavatio hora”.

Más aún: el hueco que podrían dejar las centrales nucleares para la introducción de renovables a una mayor escala “es fundamental para la transición energética y para ir hacia un modelo descarbonizado”. Además, permitiría introducir elementos de cambio de modelo productivo en la economía española: tejido industrial no contaminante, tejido empresarial, empleo de calidad. Su apuesta: las nucleares podrían ser sustituidas con gran ventaja por renovables desde el punto de vista de la calidad de nuestro modelo productivo. Estamos de acuerdo. ¿Quién puede no estarlo?



Y todavía nuestra salud, la de todo el planeta, está bajo estos efectos, la de estos accidentes ¿verdad? ; parece como si no pasase el tiempo…¿Hay riesgo sin la necesidad de que haya o se produzca un accidente?

Haya o no haya accidentes, las centrales nucleares tienen aristas que pueden ser muy peligrosas, que son de hecho peligrosas. Recuerde, además, el tema de los residuos que hay que transportar y hay que almacenar y cuidar. ¿Esa es la herencia que queremos dejar a nuestros descendientes? ¿Dónde vamos a ubicarlos?

Con palabras, con hermosas palabras, de Henning Mankell: “Para manipular los residuos nucleares hemos construido un palacio para el olvido. Lo que quedará después de nuestra civilización será, pues, olvido y silencio. Y un veneno escondido en las profundidades de una catedral excavada donde nunca podrá entrar la luz”.



Cuando se produce un accidente como el de Chernóbil, ¿cuánto tiempo dura “la fuga” o el accidente porque lo que más dura es el “post accidente” y sus efectos? ¿Y en el caso de Fukushima?

Son casos distintos el de Chernóbil y el de Fukushima. El primero fue una gran explosión; el segundo, por decirlo de algún, la expresión es de Eduard, es un Chernóbil a cámara lenta. En ambos casos, los efectos son duraderos (se tarda mucho en conocer sus dimensiones reales) aunque se organicen “visitas turísticas” a la central bielorrusa.

No hay superación inmediata de los desastres atómicos. Es un mito o un engaño irresponsable. Además, calcular las pérdidas (humanas, sociales, económicas). no es asunto fácil.



Creía que los japoneses eran más metódicos, concienzudos y estoy segura que nadie quiso que pasase lo que pasó….pero, de alguna manera, ¿se hubiese podido evitar? ¿Hasta qué punto?...porque si los “efectos de Chernóbil” siguen, también seguirán estos, ¿verdad? Y de qué manera contaminando el planeta a través de las corrientes oceánicas.

La contaminación radiactiva, según numerosos testimonios, ha llegado hasta la costa del Pacífico de Estados Unidos. A través de la alimentación, por ejemplo, puede llegara a muchos otros lugares.

Lo que se puede afirmar, sobre lo primero que apunta, es que la dirección de la central tenía informes de que las medidas de seguridad sólo eran seguras ante determinados tipos de tsunamis. No hicieron nada para pensar en situaciones más graves. Era muy costoso emprender las reformas. El dinero es el dinero y la rentabilidad es la rentabilidad. En el caso de Fukushima estuvo por encima de todo, incluso después de la hecatombe de 2011. ¿Y en los otros casos podemos preguntarnos? Mi respuesta: probablemente, muy probablemente, también. La historia enseña, puede enseñarnos.



Sin ser alarmistas, ¿qué culpa tienen estos accidentes nucleares del actual estado de salud del planeta?---incluyo ahí a todos los seres humanos.

Tienen la parte que les corresponde. Hemos hablado antes de ello. La salud del planeta, por supuesto, no depende tan solo de los desmanes nucleares. Hay más barbaries en la gran barbarie. La contaminación urbana, por ejemplo, es asunto distinto y genera muchas muertes prematuras. También, por supuesto, las enfermedades laborales (pensemos en los muertos por amianto, que no son solo laborales por cierto, están o estaban los de fuera del trabajo) y nuestro ritmo antihumanista de vida.



¿Quiere añadir algo más?

Sí, con dos cosas. La primera: gracias por vuestro interés. El trabajo político-cultural-histórico de vuestra librería es admirable. Hasta Preston lo ha reconocido. Mereceríais el Premio Nobel alternativo de la paz y de la cultura.

El segundo añadido. Me gustaría finalizar con esta reflexión; la recogemos en el libro.

Así se expresaba el Premio Nobel de Literatura japonés Kenzaburo Oé a finales de septiembre de 2011, dos semanas después de la hecatombe atómica de Fukushima. “Hace no mucho, leí una obra de ciencia-ficción en la que la humanidad decide enterrar cantidades ingentes de residuos radiactivos en las profundidades subterráneas. No saben de qué modo deben advertírselo a la generación futura, a la que se le dejará el cometido de deshacerse de los residuos, ni quién debe firmar la advertencia. Desgraciadamente, la situación ya no es un tema de ficción. Estamos endosando unilateralmente nuestras cargas a las generaciones futuras. ¿Cuándo abandonó la humanidad los principios morales que nos impedían hacer algo así? ¿Hemos superado un punto de inflexión fundamental en la historia?”

Después del 11 de marzo, Oé se quedaba levantado todas las noches, hasta bien tarde, viendo la televisión, una costumbre, según sus propias palabras, recién adquirida tras el desastre. “Hubo un periodista de televisión que fue a mirar en una casa con las luces encendidas en una zona que, por lo demás, estaba a oscuras debido a las órdenes de evacuación. Resultó que una yegua estaba de parto y el propietario era incapaz de irse de su lado. Al cabo de unos días, el periodista volvió a visitar la granja y vio a la yegua y a su potrillo en el interior a oscuras. La expresión del propietario era sombría. No habían permitido que el potro saliese a correr en libertad porque sobre la hierba había caído lluvia contaminada por el material radiactivo. Lo mejor y lo más rápido es abolir la energía nuclear y suprimir la radiactividad de raíz”.

La crisis, proseguía Oé, se había llevado vidas que muchas personas seguían intentando recuperar. “¿Qué mensajes podemos transmitirles a esas personas y de qué modo? Yo también necesito oír esas palabras y la persona a la que he recurrido en busca de orientación es el físico Shuntaro Hida, que ha estado hablando sobre los peligros de la exposición del país a la radiación desde el bombardeo atómico de Hiroshima”.

En una entrevista publicada en la edición de septiembre de la revista nipona Sekai, Hida recomendaba: “Si ya han estado expuestos, deben estar preparados. Resígnense. Díganse a ustedes mismos que pueden tener mala suerte y sufrir unas consecuencias horribles al cabo de varias décadas. Luego, traten de reforzar su sistema, háganlo inmune todo lo que puedan para combatir los peligros de la radiación. ¿Pero será suficiente para protegerse el hacer el esfuerzo de evitar comprar verduras que puedan estar contaminadas? Es mejor tomar precauciones que no tomarlas. Los materiales radiactivos siguen escapando de Fukushima, incluso ahora. Los alimentos contaminados se han infiltrado en el mercado, así que, desgraciadamente, no hay ningún método garantizado para protegerse de la exposición. Abolir la energía nuclear y suprimir la radiactividad de raíz es un modo mucho más rápido de abordar el problema”.

Recorriendo el mismo sendero que transitó Mankell, Kenzaburo Oé quiso transmitir estas palabras a los hombres -”los políticos, los burócratas, los empresarios”- que intentan imponer a las futuras generaciones la difícil tarea de deshacerse de los residuos radiactivos que se han generado y siguen generándose “por culpa de una política energética que pone la capacidad de producción y la fortaleza económica por delante de todo lo demás”. De hecho, señalaba, “quiero transmitir estas palabras a las mujeres -las jóvenes madres- que rápidamente se han dado cuenta de los peligros que se les plantean a sus hijos y tratan de encarar el problema de frente”. Después de que los ciudadanos italianos rechazaran la reanudación de las operaciones en sus centrales nucleares en 1987, fue el primer país europeo tras Suecia (Nueva Zelanda no utiliza reactores nucleares para la generación de energía desde 1984), “un funcionario de alto rango del Partido Democrático Liberal de Japón atribuía el resultado del referéndum a la "histeria colectiva", dando a entender que el poder de las mujeres estaba detrás de los resultados”, añadía el escritor nipón.

Una mujer italiana de la industria del cine, recordó Oé, respondió a la inhumana descalificación del político neoliberal: “Es probable que los hombres japoneses se vean empujados a la acción por una histeria colectiva que pone la productividad y el poderío económico por delante de todo lo demás. Hablo solamente de hombres porque, se esté donde se esté, las mujeres nunca ponen nada por delante de la vida. Si Japón no solo perdiese su condición de superpotencia económica sino que además cayese en una pobreza prolongada, ¡todos sabemos por las películas japonesas que las mujeres superarían esas dificultades!”

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, de los que tanto y tan profundamente nos ha hablado el escritor japonés en muchas de sus obras, la derrota de Japón en la II Guerra Mundial y la subsiguiente ocupación del país por las fuerzas aliadas tuvieron lugar durante su niñez. “Todos éramos pobres. Pero cuando se dio a conocer la nueva Constitución, me impresionó la repetición de la palabra "determinación" en su preámbulo. Me llenaba de orgullo saber que los mayores tenían tanta resolución”.

Hoy, concluía el premio Nobel nipón, a través de los ojos de un hombre mayor, “veo Fukushima y las difíciles circunstancias a las que este país se enfrenta”. Añadía: “Y sigo teniendo esperanza en una nueva firmeza del pueblo japonés”.

También nosotros mantenemos la misma esperanza. La esperanza en la firmeza, sabiduría, prudencia y tenacidad del pueblo japonés y en las de todos los ciudadanos informados, comprometidos y organizados del mundo.

De nuevo, conviene insistir hasta el agotamiento, “¿Nuclear? No, gracias”. No en nuestro nombre. ¡Contra la sinrazón atómica, contra el ecosuicidio nuclear! ¡Mejor activos hoy que mañana radiactivos! ¡Otros mundos no atómicos son posibles!

Gracias, muchas gracias por vuestro interés.

Fuente: http://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/sinrazonnuclear.htm

 





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