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Una voz documentada

Salvador López Arnal 19/06/2009
 

             Una voz documentada

 

José Mª Azpíroz Pascual La voz del olvido. La guerra civil en Huesca y la Hoya. Diputación Provincial de Huesca, Área de cultura; Huesca, 2008, páginas 535.

 

Salvador López Arnal

    

Lo ha señalado recientemente Francisco Fernández Buey para el ámbito de la historia de las ideas pero puede ser generalizado sin riesgo a todo el ámbito de la historiografía: “[…] Lo que hay que hacer es enunciar con precisión el problema que uno quiere resolver; arbitrar conjeturas fundadas y contrastables con la experiencia para contestar a las preguntas; tratar de derivar consecuencias lógicas de las conjeturas; inventar técnicas para someter las conjeturas a contrastación; someter a contrastación estas técnicas para comprobar su relevancia y la confianza que merecen; llevar a cabo la contrastación e interpretación de los resultados; discutir la pretensión de verdad de las conjeturas; determinar en qué dominios valen las conjeturas y las técnicas; y volver a empezar en función de los resultados obtenidos”. Este ir y volver, este conjeturar, deducir y comprobar para seguir reflexionando, esta sensata y razonable metodología ha estado sin duda muy presente en este magnífico ensayo, de tan cernudiano título, de José Mª Azpíroz sobre la guerra civil en la provincia de Huesca, y más concretamente en Huesca capital y en la comarca de la Hoya.

     Componen La voz del olvido una introducción; primera parte: “Huesca durante la guerra civil”; segunda parte: “La zona de la Hoya ocupada por los sublevados”; tercera parte: “La zona que permaneció leal a la República”; conclusiones, fuentes y bibliografía. Se analizan en él aspectos de la violencia ejercida en la retaguardia así como la cotidianeidad oscense en tiempos de sublevación fascista y resistencia. Las dificultades y penurias que padecieron los ciudadanos de aquellas tierras maltratadas por escasez de casi todo y “los destrozos materiales que produjeron los bombardeos de la aviación y de la artillería de ambos ejércitos, la evolución de las posiciones militares a lo largo de los veinte meses que duró el frente de Huesca” (p. 517). El fundamento concreto del volumen es el análisis de la violencia en la zona de la Hoya ocupada por los “rebeldes” a partir del 19 de julio de 1936 y de la violencia antifascista que se practicó en la zona que se mantuvo fiel a la legalidad republicana. El autor señala que hasta el 11 de agosto de 1937, fecha en que se disolvió el consejo de Defensa de Aragón, “esta región, y por supuesto la parte centro-oriental de la Hoya, más pareció un cantón independiente muy distante de las resoluciones que se adoptaban por el Gobierno de la República, que a duras penas fueron acatadas” (p. 517). La presencia de milicianos de la CNT y el POUM dejó su huella en este territorio aragonés.

Para el autor, ésta es una de sus conclusiones básicas, la represión antifascista fue puntual y se circunscribió al período del “terror caliente”, al verano y principios del otoño de 1936. Por el contrario, la violencia fascista sobre los opositores perduró muchos años y tuvo diferentes etapas, y fue, diferencia muy notable, producto de la planificación y sistematización, siempre desde la cúpula militar y política del incipiente Estado autoritario” (p. 518). Consecuencias de esta planificación: 756 fusilados comprobados y documentados por el bando insurgente en la retaguardia; 170 asesinados por los milicianos. “La diferencia es sustancial: se mató 4,5 veces más en una zona que en la otra” (p. 518). Al terminar la guerra, empezó la victoria sangrienta de los sublevados, que no la paz (perversa y engañosa palabra donde las haya): 60.000 republicanos fueron condenados a muerte en todo España, 51 de ellos en la comarca de la Hoya.

     De lo que fue la infamia del franquismo desde sus primeros compases militares, retratada con detalle pero sine ira y con enorme contención en el volumen comentado, quizá valgan estos dos apuntes. El primero está narrado en las páginas 192-193 de La voz del olvido.

Miguel Saura Serveto trabajaba de barrendero en Cerler, en el Pirineo oscense, durante la II República española. Acudía frecuentemente a Huesca capital. Estaba muy integrado en la organización provincial de la CNT. Saura había sido encarcelado en tres ocasiones: 1931, 1932 y 1934. Era muy conocido por las denominadas “fuerzas de seguridad”. El 18 de julio de 1936, tenía entonces 45 años, bajó a la ciudad con su hija de 8 años para informarse directamente de la situación que se había creado en la ciudad y en la provincia oscence tras el intento de golpe fascista. Fue detenido el 21 de julio. Su mujer, Pilar, que no conocía la situación, que sólo la barruntaba, tuvo que esperar a que finalizara  la guerra y fue andando con sus hijos desde Cerler a Huesca para averiguar qué había sido de su marido, cuando todavía no se habían restablecido las comunicaciones por carretera y las carreteras estaban ya llenas de fosas. Sólo pudo obtener una información, machaconamente repetida: su marido, Miguel Saura, había desaparecido. Pilar tuvo que regresar a Cerler con sus cinco hijos. Ni ella ni sus descendientes supieron más de Saura hasta que el Ayuntamiento de Huesca puso una lápida en su tumba… ¡el 23 de abril de 2003!, ¡67 años después!, que es también la de los ediles con él enterrados: Mariano Carderera, Mariano Santamaría y Manuel Sender.

Al informar de ello la prensa local, los descendientes, tres de sus hijos que aún viven, leyeron el nombre de su padre entre las personas que figuraban en la lápida. Se pusieron en contacto con José Santamaría Bellosa, hijo de Mariano Cardedera, quien les entregó la partida de defunción de su padre. Figuraban en ella las circunstancias del fusilamiento de Miguel Saura: 13 de agosto de 1936, sin juicio, 22 días después de su detención.

     El segundo ejemplo ostenta el mismo grado de abyección. José Sarasa Juan era un joven maestro de la FETE que ejercía en Peralta de Alcofea, un pueblecito de la comarca del Somontano, pegado a Los Monegros. Francisco Calvo Solana, uno de los alcaldes fascistas que ha tenido este castigado pueblo, hizo estas declaraciones refiriéndose a las lecturas del maestro asesinado:

[…] las que más leía eran revistas pornográficas. Dicho lo anterior se comprenderá qué clase de individuo era. La disciplina y el respeto que tenían los niños para con él era tan bajo que incluso lo tuteaban. Hacía alarde en público de tener enfermedades venéreas. Era un libertino, un juerguista que se ausentaba mucho de clase, que llevaba un tren de vida superior al que podía permitirse.

 

     Azpíroz Pascual señala el sonrojo que produce reproducir esas declaraciones. No se ve por qué. Eran así, algunos siguen siendo así y es bueno recordarlo. No es improbable que alguna calle del pueblo haya llevado el nombre del alcalde. Ninguna calle recuerda el maestro asesinato y en la Iglesia del pueblo, un románico tardío, hasta inicios del siglo XXI figuraba una ostentosa placa, renovada en época muy reciente, con la consabida relación de los caídos por Dios, la Patria y la Falange. Un paseo por el cementerio del pueblo amplía el radio de acción de la ignominia.

     Ecuanimidad en el juicio; estudio de fuentes; numerosas entrevistas, más incluso entre personas de la denominada “zona nacional”; énfasis en la importancia de la represión sobre maestros y profesores; historia local que no pierde visión global; documentación contrastada; mirada historiográfica inspirada en estudiosos de la altura de P. Preston, por ejemplo; mirada no cegada ante algunos desmanes desatados en el ámbito republicano; detalladas y comprensibles listas, ordenadas alfabéticamente por pueblos, de los asesinatos conocidos, con búsqueda minuciosa en los juzgados de Burgos y Salamanca,… Además de todo ello, La voz del olvido es un volumen magníficamente editado y sus fotos no son simples adornos. Pueden comprobarlo con la fotografía de un acto religioso en la Iglesia del Colegio de Santa Rosa de Huesca, con ostensibles símbolos nazis y fascistas (página 184), y con la entrada, magnífica sin duda, del ensayo: la fotografía que abre el volumen y que seguramente no es sólo un detalle de edición: un miliciano escribe concentrado una carta en el frente, apoyándose en un panel de madera en Montearagón[1].

En síntesis: La voz del olvido debería estar muy cercano a la mesa de trabajo de los historiadores y profesores de Historia de Universidad y secundaria de esa tierra de polvo, niebla y sol que llamamos Aragón.

(Por lo demás, ¿por qué seguimos llamando fuerzas nacionales, soldados nacionales, bando nacional, a los sublevados fascistas? ¿Por qué llamamos rebeldes a esos mismos sublevados? ¿Por qué hablamos del “incipiente Estado autoritario” para referirnos a un Estado amigo y colaborador durante años del fascismo y nazismo europeos, modelo de referencia de dictaduras militares como la encabezada por el fascista Pinochet en Chile?).

El autor finaliza con una palabras que es fácil hacer nuestras: “La auténtica recuperación de la memoria, entre otras cosas, pasa por la anulación de las sentencias franquistas dictadas a partir de 1938 y sobre todo una vez terminada la guerra: que los condenados por tribunales parciales o sus familiares se sientan reconfortados” (p. 520). No sólo por ello desde luego: es una cuestión de justicia básica. Elemental, querido Watson, diría el sagaz y no menos querido Holmes.


[1] No sabemos quien es el miliciano escritor. Quiero pensar que representa al hermano de mi padre, Salvador López Campo, muerto, asesinado, como tantos otros soldados-milicianos aragoneses y españoles en la batalla del Ebro, defendiendo la legalidad republicana.

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