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Fascismos

Rafael Argullol, Eduardo Subirats 03/03/2007
 

Rafael Argullol: El fascismo de la posesión inmediata

A excepción de unos cuantos fanáticos que apenas saben a qué se refieren cuando la defienden, fascismo es una palabra insultante usada por unos y otros como arma arrojadiza. En general, incluso por parte de la derecha, es el término más utilizado para descalificar al adversario por sus supuestas tendencias totalitarias. También con frecuencia fascismo es sinónimo de barbarie.

Sin embargo, el uso contemporáneo de esta palabra arrastra perfiles confusos pues todavía hoy muchos la emplean acusadoramente para describir hechos inmediatos pero, en el momento de imaginar el escenario, se remiten a una parafernalia ideológica del siglo pasado. Se teme a unos bárbaros y, a falta de otro modelo de referencia, se cree que esos bárbaros volverán con sus esvásticas, sus brazos en alto y sus camisas negras, azules o pardas. Algunos, sin duda, tendrían la cíclica tentación de una mascarada de este tipo. Pero, fuera de una nostalgia más bien patética, su porvenir es escaso pues no queda nada de la atmósfera ideológica ni de la cultura que incubó al anterior monstruo. Por tanto, no es el fascismo histórico el que acecha.

No obstante, si el fascismo es una forma de calificar la barbarie actual entonces no podemos albergar demasiadas dudas de que el peligro existe. ¿De dónde proviene? Sólo muy oblicuamente de las grandes doctrinas que prometían al hombre un mundo feliz a través de la superioridad de una raza, una clase social o un estado. Nuestra barbarie contemporánea es reacia a las grandes doctrinas porque un vértigo depredador ni siquiera admite la enunciación de palabras y, mucho menos, de ideas. El nuestro es el fascismo de la posesión inmediata. Su doctrina es tácita, silenciosa, abrumadora: queremos esto y aquello, y lo queremos inmediatamente pues es el botín de guerra que la vida nos ha otorgado.

Y quizá sea, en efecto, esta inmediatez en la rapiña lo que conecte al nuevo fascismo con el antiguo. Los viejos fascismos estaban convencidos de que sus ideas justificaban la rapacidad y la conquista mientras los nuevos fascistas también lo encuentran todo justificado si el premio es el disfrute sin dilaciones del objeto o sujeto que se ha prometido.

Algunos incautos (incautos con cátedra a menudo) han respaldado durante años la bondad de esta actitud como una modalidad moderna del hedonismo. Naturalmente han olvidado un matiz que lo cambia todo. Si la búsqueda de la posesión es la consecuencia de la aventura y el descubrimiento, el buscador -el auténtico hedonista- se ve inmerso en un juego de derechos y deberes, de transgresiones y límites que le dibujan el territorio vital. Avanza, retrocede, arriesga, gana, pierde: así se crea la geografía íntima del ser humano. Por el contrario, si la posesión se concibe como un derecho de conquista, ilimitado y sin contrapartidas, el depredador jamás se mira en el espejo de sus contradicciones y deberes.

Es más que probable que los ritos iniciáticos de las más diversas tradiciones apuntaran en esta dirección. Al anciano, disminuida la fuerza, le esperaba el don de la sabiduría pero al inicio de su vida, como niño, había crecido en la libertad del instinto. Entre ambas edades el adulto había tenido que superar ciertas pruebas destinadas a conocer el delicado equilibrio de los derechos y de los deberes, la mutua dependencia del individuo y la comunidad.

Nuestra barbarie, en cambio, ha exteriorizado la figura, antes meramente transitiva, del púber en Adolescente (así en mayúsculas) anulando las demás edades: al niño se le saca a la fuerza de la niñez para que sea pronto el adolescente, al adulto sin contornos contrastados, se le mantiene en la Adolescencia; y al mismo tiempo, negado para la sabiduría, se le recomiendan las payasadas suficientes para simular el retorno a su propia sombra maquillada. El viejo fascismo se recreaba con la efigie, más o menos delicuescente, de un Joven Salvaje que, como Sigfrido en el mito wagneriano, irrumpiría en el horizonte humano para purificarlo y regenerarlo. Todos conocemos perfectamente las consecuencias del trágico manoseo de este mito. La figura favorita del nuevo fascismo es el Adolescente, un protagonista que se caracteriza y es caracterizado por la incapacidad permanente para dibujar su geografía vital. Para ese héroe de nuestro tiempo sólo vale la posesión inmediata pero, de lo contrario, se sume en un estado de sopor o de abulia.

Para ese héroe, para esa barbarie nuestra época ha creado un sistema pertinente: una economía de la posesión inmediata. En la medida en que se impone el nuevo fascismo nuestro bienestar, nuestros gustos, nuestros deseos dependen de aquella economía. Naturalmente, en el sentido más estricto, el capitalismo asume y promueve el modelo con su continua exaltación y exhibicionismo de la codicia. El bárbaro habla el lenguaje que los bárbaros puedan entender: compra, posee, ¿cómo dejarías de hacerlo si todo es para ti y sin apenas esfuerzos y para tu eterna felicidad? Y para que ese lenguaje de la depredación dichosa llegue a todos los rincones tenemos la más imponente fábrica de la hermosa mentira, la publicidad, nuestra única religión verdaderamente universal.

La felicidad es la propiedad. Un viejo lema de todas las épocas que el bárbaro de la nuestra escucha acelerado: posee rápidamente. Rápido, rápido, fast food en todas direcciones. De acuerdo con este principio, y pese a todas las proclamas, la pornografía desbanca al erotismo en todas las esferas de la vida sensorial y espiritual. La lógica del deseo exige el detenimiento, la apuesta, la responsabilidad de la elección, el descubrimiento de las sensaciones y de los pensamientos. Pero el Adolescente tiene pavor a estos retos y opta inevitablemente por la facilidad pornográfica, por el consumo de lo que se pone de inmediato al alcance de su mano sin necesidad de aventura alguna. Para él se han inventado grandes categorías que quizá también sea oportuno escribir en mayúsculas: la Marcha, la Diversión, el Espectáculo. Cuando se detiene la noria todo parece impregnado de una insondable apatía.

¿Por qué temer a los bárbaros si los bárbaros ya están aquí? Últimamente se multiplican las alarmas. Las ciudades se defienden con nuevas ordenanzas contra lo que los periódicos llaman decorosamente incivismo y que en la mayoría de los casos ha sido la pura y dura instalación de la barbarie durante muchos años en sus calles y en sus noches. Los responsables de educación denuncian tímidamente el acoso escolar cuando hace ya mucho tiempo que el odio a la cultura está activamente pertrechado en muchas escuelas con el cómplice silencio de maestros y padres de familia. Y ha sido necesario que muriera una mendiga en un cajero automáticoy fueran apalizados unos cuantos indigentes más, para que mucha gente aparentara enterarse de que en la economía de la posesión inmediata el entendimiento exige con frecuencia violencia e incluso crímenes.

¿Así que es posible que haya entre nosotros un fascismo nuevo, bien distinto al anterior, que ha madurado sigilosamente? ¿Y qué es lo que hemos hecho mal, desde nuestra tolerancia y nuestra corrección, si es que hemos hecho algo mal? ¿Por dónde han entrado los bárbaros? Sociólogos y educadores han empezado a explicarse: ha faltado autoridad. Los políticos dicen lo mismo, aunque con la boca pequeña y porque tienden a acusarse unos a otros. Ha faltado autoridad y también, sobre todo, osadía espiritual para saber en qué consistía la autoridad. La tibieza y el miedo proceden de todos los ángulos, con un conservadurismo anticuado y deslegitimado y un progresismo incapaz de hacer frente a sus propios fantasmas. Unos satisfechos prohibiendo y los otros prohibiendo prohibir.

La cuestión es saber si nos atreveremos a resistirnos frente a la nueva barbarie y con qué medidas ¿Nos atreveremos, por ejemplo, a ir más allá de las declaraciones moralistas para adentrarnos en el corazón del monstruo? Es fácil proclamar que se necesita otra educación para el futuro lo cual es evidentemente cierto. Pero, ¿no podríamos empezar a legislar contra los aspectos más agresivos de la posesión inmediata? ¿No podríamos poner en jaque alguno de los engranajes que perpetúan la violenta somnolencia del nuevo bárbaro?

Está muy bien mejorar la educación futura de los cachorros pero mientras los padres de los cachorros sigan atrapados por los fuegos fatuos la rueda continuará girando en la misma dirección. Se trata, por tanto, de poner palos en la rueda y de atreverse a desenmascarar algo de aquella industria del encantamiento.

Los invitados al banquete de la adolescencia perpetua no dejarán de exigir sus dosis diarias de depredación mientras se les siga mostrando que la velocidad en la rapiña es lo ejemplar y deseable. El aspirante a bárbaro -antes de llegar a ser un bárbaro consagrado- es informado de que la salud de un país depende de los beneficios de los bancos o de las ganancias de las inmobiliarias, cifras tan fulminantes como obscenas que, debidamente embellecidas por las imágenes publicitarias, son recibidas como una invitación personal a la captura rápida del botín: haz como nosotros, tómalo todo con prontitud porque nadie te va a pedir cuentas por ello. El mimetismo funciona a la perfección. Posee, bendito, posee.

La resistencia a la barbarie significaría compararse a una democracia capaz de poner en evidencia lo contrario: posee, maldito, posee hasta llegar al nihilismo final. Pero para conseguirlo, además de educar para el futuro, deberíamos proponernos radicales Leyes Antimentira. Deberíamos prohibir -sí, prohibir- el exhibicionismo de la codicia: especuladores, ni sois ejemplares ni es legal que utilicéis vuestro dinero en el embellecimiento propagandístico de vuestros obscenas ganancias ni estamos dispuestos a que vuestro engaño se difunda impunemente.

Si esperamos a que la mejora de la educación detenga la barbarie podemos encontrarnos con que ya no haya tiempo para tal mejora. Si creemos que los nuevos fascistas están en la calle apalizando mendigos como parte del derecho a la diversión acertaremos una parte del diagnóstico. No obstante, si queremos golpear el corazón de la barbarie antes de que sea demasiado tarde, lo oportuno es empezar a actuar, sin dilaciones, contra los inspiradores de la gran mentira moral de nuestra época: la vida entendida como un botín de guerra que hay que tomar inmediatamente por un derecho de conquista. Que nadie nos has concedido.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

 

15-02-2007

El fascismo después de Auschwitz


Eduardo Subirats

El Mundo


Los bombardeos de ciudades con el objetivo explícito de erradicar a una población étnica y religiosamente definida como islámica, las masacres genocidas perpetradas por organizaciones paramilitares, los campos de concentración, tortura y exterminio indiscriminado de partisanos, ciudadanos inocentes y mujeres clasificados como islámicos, la destrucción intencionada y sistemática de legados culturales de los pueblos, y el soberano desprecio por cualquier norma legal y moral irrumpieron súbitamente, al cerrarse el siglo, en una Europa alegremente confiada en las promesas de un neoliberalismo triunfante tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. Cerraba aquella Guerra de los Balcanes la absoluta pasividad de la masa electrónica global.

Un historiador europeo, Jacques Julliard, advirtió entonces en el título de su ensayo: Ce fascisme qui vient... En aquel año de 1994, sin embargo, semejante aviso parecía extravagante. La ya olvidada Guerra de los Balcanes respondía, al fin y al cabo, a un conflicto local, y sus estrategias criminales se percibían más bien como un déjà vu. Esto es lo que entonces se creía o se pretendía. Por lo demás, la aldea global consumía alegremente una posmodernidad multicultural y milagrosos índices de crecimiento. ¿Qué podía significar a comienzos de los años noventa un fascismo del mañana?

La palabra «fascismo» ya había adquirido, por otra parte, un perfil desgastado. La academia anglosajona (R. Griffin, es un caso tan sintomático como las películas de Hollywood sobre el tema) ha venido trivializando el fascismo histórico y global a la categoría de un poder carismático ligado a ideologías salvadoras y a un concepto de totalitarismo conceptualmente recortado desde una estricta visión jurídica. Estas versiones académicas han identificado además fascismo y nacionalismo con apasionada terquedad. A cambio, han ignorado sus raíces históricas en los imperialismos clásicos y modernos, y en la teología política colonial.

Por decirlo más exactamente: la predominante interpretación academicista norteamericana ha convertido el fascismo en un fantoche nacionalista, al mismo tiempo que lo ha deslindado del colonialismo y el imperialismo financiero y militar, que sin embargo han sido sus fuentes modernas. En consecuencia se siguen ignorando los ostensibles vínculos del fascismo de ayer y de hoy con las corporaciones industriales, energéticas y militares. Y, sobre todo, esta definición políticamente correcta del fascismo se ha preocupado por silenciar las dos interpretaciones críticas más importantes del fascismo, formuladas inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial: la de Karl Polany, que ponía de manifiesto el intercambio de signos entre neoliberalismo y fascismo, y la de Max Horkheimer y Theodor W. Adorno que señalaban su continuidad con la tecnociencia baconiana.

Sin embargo, seguimos aplicando corrientemente la palabra fascista (de manera impropia si considerásemos propia la apropiación académica de las palabras) a un concepto agresivo de poder que no respeta límites nacionales ni morales, utiliza los medios del escarnio mediático y la propaganda total, emplea la tortura, el crimen y el terror como instrumentos de coacción, y aplica con perfecta impunidad estrategias genocidas como medio de extender sus megamáquinas militares y políticas. Llamamos fascistas a las estrategias que buscan la destrucción de comunidades históricas, de ecosistemas y legados culturales, y de normas morales establecidas a lo largo de la historia de los pueblos. En este sentido, nos referimos a Hitler, Franco o Pinochet como fascistas. Y en este sentido decimos que las políticas de aniquilación de Oriente medio apantalladas por Bush o Blair son fascistas. Y que es fascista la estrategia de exterminio terminal que Putin ha desplegado en Chechenia. Y que la aniquilación de las ciudades sagradas de Irak o los barrios chiitas de Beirut es un genocidio fascista, como lo fue el bombardeo de Guernica y del ghetto de Varsovia.

El carisma de un poder personalizado ha sido otro signo distintivo del fascismo histórico. Y qué duda cabe que esta dimensión no se aplica a los líderes de la Guerra global del siglo XXI. De la dislexia a la simple necedad, las escasas dotes intelectuales de los líderes de la guerra global y la Guerra contra el Mal han sido reiterado motivo de chanzas populares. El nuevo fascismo tampoco se sirve de grandes oradores como Mussolini o Perón. En la sociedad del espectáculo, que ha depuesto al arte, la política ya no se define como gran estilo, sino como design. Sus líderes son máscaras mediáticas sin otra función que la de ocultar con su impenetrable y vacía opacidad la irresponsabilidad histórica del nuevo orden militar del mundo.

Este remozado fascismo no se distingue del viejo en su misticismo regresivo de guerras salvadoras contra el mal, ni en su fanfarrie de los valores de Occidente; tampoco en la cultura del odio sin el que esa falsa trascendencia no podría triunfar. Su dimensión fundamental reside en la naturaleza terrorífica de sus armas, y en el desorden y la dominación globales que instauran. Los cientos de toneladas de uranio empobrecido sembrados en Kosovo, Afganistán e Irak, y la guerra biológica en el Amazonas colombiano son paradigmas de este terror que ha inaugurado el siglo XXI.

Pero la Guerra de los Balcanes puso de manifiesto un subsiguiente aspecto perturbador. No sólo brindaban horribles masacres y cuadros de putrefacción política en sus pantallas. Al mismo tiempo reducían al ciudadano a la condición de consumidor de sus imágenes degradadas y lo evaporaban como conciencia. Este doble proceso de aniquilación, que por un lado comprende la reducción de ciudades y vidas humanas a la condición de ruinas; y por otro la rendición de nuestra existencia a la condición de consumidores, ha adquirido en la producción mediática de nuestra guerra global el carácter de un sistema de escarnio y deshumanización permanentes.

Eso explica la paradójica diferencia entre el fascismo nacionalsocialista y el fascismo global de hoy. La transformación de la democracia en espectáculo permite la implantación masiva de controles totalitarios, desde la vigilancia electrónica de internet hasta la tortura, sin necesidad de modificar sustancialmente su supraestructura jurídica y su apariencia cosmética liberal, feminista y multicultural.

La volatilización digital de las últimas elecciones mexicanas o la escenificación paródica de la democracia bajo los términos constituyentes de la sangrienta ocupación militar en Irak son dos extremos complementarios de este mismo sistema democrático que hoy ampara un efectivo pero intangible sistema de dominación totalitaria global. Que las megamáquinas del poder financiero y militar contemporáneo no necesitan organizar movilizaciones de masas físicas es precisamente un argumento a favor del nuevo fascismo que acompaña las guerras imperialistas de nuestros días y amenazan nuestro mañana con una regresión política y cultural radical. No tenemos movimientos de masas fascistas como los que teníamos en los años treinta del siglo pasado, porque los highways electrónicos concentran hoy mucho más expeditivamente a la masa humana global en los containers mediáticos, la moviliza más eficazmente a través de sus estímulos virtuales y evaporan terminalmente su existencia a través de su conversión digital y estadística. La guerra contemporánea, con sus consecuencias genocidas cada día más patentes, es la expresión culminante de esta lógica aniquiladora del espectáculo.



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