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Sobre grandes mitos de la historia de la ciencia

Reseña de Ronald L. Numbers (editor), Galileo fue a la cárcel y otros mitos acerca de la ciencia y la religión

Salvador López Arnal 11/10/2010
 

Sobre grandes mitos de la historia de la ciencia


Reseña de Ronald L. Numbers (editor), Galileo fue a la cárcel y otros mitos acerca de la ciencia y la religión. Montesinos (Biblioteca Buridán), Mataró (Barcelona), 2010, 303 páginas, traducción de Josep Sarret Grau.


Salvador López Arnal

El Viejo Topo, septiembre de 2010.


Según Ronald L. Numbers, editor del volumen, el mayor de los mitos acerca de la ciencia y la religión, en la acepción de mito como afirmación que se cree verdadera pero que en realidad es falsa, es “el que sostiene que una y otra han estado siempre en una relación de conflicto permanente” (pp. 13-14). No es el caso en su opinión. Nadie ha tenido más responsabilidad en la difusión de esa falsa idea que dos grandes polemistas norteamericanos del siglo XIX: Andrew Dickson White y John William Draper. El ensayo que reseñamos, donde según informa su editor colaboran autores de orientación protestante, católica, judía, musulmana, budista, agnóstica, atea y “dos cuyas creencias no encajan en ninguna de estas tradicionales categorías”, intenta superar este mito básico, esta falsa idea decimonónica, en su opinión, tan copiosamente alimentada. Pero, “a diferencia de los magistrales creadores de mitos White y Draper” (p. 18), los colaboradores del volumen, asegura arriesgadamente su editor, no tienen interés personal alguno ni entuerto por deshacer, científico o teológico. Lo suyo, la característica general compartida por todos ellos, es la objetividad sin prejuicio. Afirmado está.

Más allá de intenciones y finalidades, desde una perspectiva político-cultural, el libro editado por Ronald L. Numbers parece, en primera instancia, un ensayo que favorece o disculpa a la religión, a la católica principalmente, tan malparada tradicionalmente, por razones nada marginales, en estos asuntos y en numerosos avatares. Determinadas situaciones que históricamente se han sido visto como ataques, agresiones, bloqueos o incomprensiones a la ciencia y a los científicos por parte de poderosas instancias religiosas son aquí matizados, disolviendo o intentado disolver los nudos más penetrantes, auque no siempre bien justificados según la tesis aquí defendida, de la arista crítica. El caso Galileo es un ejemplo conocido; comentémoslo brevemente.

Maurice A. Finocchiaro, el autor del capítulo a él dedicado, uno de los grandes especialistas mundiales en la obra del autor de Sidereus Nuncius, disuelve e intenta falsar la afirmación de que el gran científico pisano fue encarcelado y torturado por defender el copernicanismo. No fue el caso, afirma. La Iglesia católica, apostólica y romana no es responsable de esas supuestas tropelías. ¿Qué pasó entonces? Según Finocchiaro, “a la vista de la evidencia disponible, la postura más sostenible es la de que Galileo fue interrogado con la amenaza de ser torturado pero que no sufrió una tortura real ni una territio realis” (p. 89). Además de ello, prosigue Finoccchiaro, Galileo “nunca fue a la cárcel” aunque, eso sí, permaneció bajo arresto domiciliario durante el juicio de 1633 y los nueves años siguientes de su vida.

El gran historiador anglosajón admite a continuación que durante 150 años después del juicio la evidencia pública disponible indicaba que Galileo había sido encarcelado y durante cien años más que había sido torturado. El mito, en este caso, es más bien una idea falsa que en su día pareció verdadera pero que mantiene ciertas dosis de veracidad: ciertamente no es lo mismo ser torturado que recibir la amenaza de tortura pero esta última no deja de ser una variante de presión nada aconsejable, una “tortura verbal” si se quiere ser generoso, muy generoso. No es lo mismo estar en la cárcel que estar en casa bajo arresto domiciliario -¡durante nada más y nada menos que nueve años!- pero no parece exagerado afirmar que un cierto aire de familia sí que mantienen ambas situaciones.

Algo afín podría señalarse sobre el mito de que Bruno fue el primer mártir de la ciencia moderna. No fue ese el motivo, argumenta Jole Shackeford, sino la filosofía natural de tradición “pitagórica“ que defendía el autor de La cena de las cenizas. Al lado de ese pitagorismo naturalista, muy pegado a él, estaba la creencia pitagórica en la transmigración de las almas. Demasiado herejía para el cuerpo de una Roma post-tridentina que no podía tolerar esos sacrilegios. No fue, pues, Giordano Bruno un mártir de la ciencia moderna pero sí, en cambio, un mártir de la intolerancia de la Santísima Inquisición. De acuerdo, tomamos nota, y precisemos los términos del agravio. Sea como fuere, no parece que el poder católico-eclesiástico salga en este caos por la puerta grande.

Reflexión similar podría sostenerse sobre el caso de la muerte de Hipatía, el capítulo que abre el volumen, que en mi opinión cuelga en exceso de una interpretación, que es presentada casi como indiscutible postulado geométrico, de la historiadora checa Maria Dzielska, quien en una reciente biografía ha defendido la conjetura de que Hipatia fue atrapada por la lucha política entre Cirilo, San Cirilo, “un ambicioso y despiadado eclesiástico ansioso de imponer su autoridad”, que fue santificado en pleno siglo XX, y el amigo de Hipatia, Orestes, el prefecto imperial. Cirilo utilizó contra este último su amistad con Hipatia a la que acusó de magia y brujería. La muerte de Hipatia, el terrible asesinato de la hija de Teón de Alejandría, sucedió según cuenta las historias usuales: Pedro el lector, y un grupo de salvajes y despiadados fanáticos, le desgarraron la carne separándola de los huesos con ayudas de unas afiladas conchas de ostras; luego la arrojaron a las llamas. Sin embargo, su muerte, concluye David C. Lindberg, tomando pie exclusivo en Maria Dzielska, estuvo relacionada con la política local y “no tuvo prácticamente nada que ver con la ciencia” (p. 22). De hecho, sostiene críticamente nuestro autor, después de la muerte de Hipatia, a los sesenta años de edad, la ciencia y las matemáticas siguieron floreciendo durante años en Alejandría.

No sé si este último nudo es un argumento decisivo y desconozco también si bajo la acusación de brujería y magia se escondía otro tipo de prácticas. Sea como sea, el asesinato de Hipatia se levanta bajo una enorme montaña de infamia y salvajismo que fue premiado con una santificación diecisiete siglos más tarde, cuando ya existía una fuerte documentación historiográfica sobre el caso. Lindberg admite también que en la tradición agustina no se amaba a la ciencia sino que solamente se la utilizaba y que esta actitud, respecto al conocimiento científico, iba a florecer durante la Edad Media hasta bien entrado el periodo moderno. Si no hubiera sido por ella, sostiene Lindberg, en conjetura arriesgada, “los europeos medievales hubieran tenido seguramente muchos menos conocimientos científicos, no más” (p. 31). Pudo haber sido eso o pudo haber emergido otro escenario. La tesis de Lindberg respira un exceso de “bondad religiosa” y unas enormes ganas de conciliación.

Otros mitos, son 25 los tratados, no sé si tienen actualmente la categoría de mitos, de creencias falsas sostenidas como verdaderas según acepción señalada. Así, por ejemplo, el mito de que “los católicos no contribuyeron a la revolución científica”, el de que “la cosmología mecanicista de Isaac Newton eliminó la necesidad del concepto de Dios”, por no olvidar el de que “Einstein creía en un Dios personal”, que “el creacionismo es un fenómeno exclusivamente americano” o que el juicio contra Scopes acabara con la “derrota del antievolucionismo”.

No parece que estas últimas afirmaciones estén actualmente muy extendidas. Como tampoco lo está la falsa creencia de que la mecánica cuántica demostrara la existencia del libre albedrío (Por cierto, uno se entera al leer el capítulo correspondiente que fue un discípulo de Heisenberg, nada más y nada menos que Carl von Weizsäncker, muerto en 2007, quien instruyó al actual Dalai Lama en asuntos de mecánica cuántica; el físico y filósofo alemán no contuvo su decir cuando afirmó que su mentor, el gran físico alemán que formuló el principio de incertidumbre y que mantuvo singulares relaciones con el Estado nacional-socialista, se habría entusiasmado si hubiera tenido conocimiento de los evidentes paralelismos entre la filosofía budista y la física moderna (p. 213). Ni más ni menos.

A destacar, finalmente, que de los 25 mitos presentados en este volumen magníficamente traducido, una vez más, por Josep Sarret Grau, el infatigable director de la Biblioteca Buridán, nueve, casi el 40%, están relacionados con la obra de Darwin y la tradición darwinista. La sombra del autor de El origen de las especies es enorme en la ciencia contemporánea y en algunos de los mitos que la acompañan. Y no sólo, desde luego, en años de centenarios.


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