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Memoria e historia: la interpretación del pasado como desafío político y el pretérito presente como un campo en construcción

Alejandro Andreassi Cieri 13/04/2012
 



Die Zukunft braucht Herkunft” (“El futuro necesita un origen“), Odo Marquard

Es habitual hallar en las reflexiones sobre memoria y memoria colectiva, la notificación para el lector de las diferencias entre aquellas y la historia, incluso la afirmación de que se trata de conceptos antinómicos. Sin embargo creo que si bien tienen características epistemológicas y están sometidas a procesos diferentes de socialización, ambas, -memoria e historia- tiene funciones complementarias, que implican una relación, de mutua interpelación. Parto de la siguiente proposición: historia y memoria no son términos opuestos ni mutuamente excluyentes, ya que la memoria puede orientar a la historia en la selección de los objetos nucleares de su estudio, y, a su vez, esta tiene potencialmente la capacidad de justificar y dar cuenta de aquella, de actualizar en el sentido de demostrar la vigencia de esas preocupaciones e interrogantes con que ha sido interpelada por la memoria, constituyéndose así en el sustrato racional de aquella, convirtiéndola en un concepto sistemático que le otorga significación al pasado, que permite descifrar los momentos del pasado persistentes en el presente, la simultaneidad de los asincrónico como lo denominaba Ernst Bloch, permitiendo así la crítica de ese presente, su politización.



Intentaremos ver en este breve ensayo de que modo se articulan memoria e historia, tratando de esbozar una respuesta a las cuestiones que nos han propuesto los organizadores de este evento: la interpretación del pasado como desafío político y el pretérito presente como un campo en construcción.1 La interpretación del pasado adquiere el carácter de desafío político cuando sus conclusiones interpelan no sólo la concepción oficial del mismo, sino también la acción política del presente que pretende legitimarse en función de ese pasado. El pretérito presente puede concebirse como un campo en construcción cuando, como consecuencia del paso anterior, reconocemos aquellas señales del pasado que perviven en el presente, no sólo como realidades sino como vestigios de una promesa incumplida, de exigencias de esperanza y de justicia frustradas y que intenta olvidarse o que ya ha sido olvidada, pero que a pesar de ello es el único pasado reconocible, el de los derrotados, porque los vencedores se apoderaron del presente y pretenden hacerlo suyo exclusivamente, como dice el filósofo Reyes Mate: “Sólo queda el pasado de aquellos que lucharon por una causa noble y quedaron en la cuneta.2



Como elemento introductorio me gustaría abrir esta reflexión glosando un texto de Giorgio Bassani, incluido en su hermosa Novela de Ferrara, titulado “Los Finzi-Contini”, donde explica un episodio que le decidió a revisitar sus recuerdos de esa familia y su terrible final, mediante la escritura. Bassani relata que la motivación surgió en el regreso de un viaje de fin de semana con unos amigos por localidades próximas a Roma en la primavera de 1957, en el que aprovecharon a visitar una necrópolis etrusca. La hija de sus amigos, una niña pequeña, preguntaba a sus padres porqué producían menos tristeza las tumbas antiguas que las más recientes, y su padre le respondía diciéndole que los muertos recientes estaban más cerca de los vivos y, por esa razón se los quería más , y en cambio aquellos que hacía tanto tiempo que murieron era “... como si no hubieran vivido nunca, como si siempre hubiesen estado muertos”, y la niña le respondía que al recordar su padre en ese momento a los etruscos y cuando habían vivido, le permitía quererlos “como a los demás”. Considerando que la niña acaba de dar una lección a los adultos presentes, Bassani interpreta que lo que ella quería decir era que recordarlos era como devolverlos a la vida, y eso le permitía establecer con esos seres humanos del pasado los mismos vínculos emocionales que tenía con quienes le rodeaban, identificarse con ellos, y lo que es su consecuencia, reducir el espacio temporal entre los muertos y los vivos hasta desaparecer fundidos en un mismo instante. Esa charla entre la niña y su padre le permite a Bassani testigo-personaje evocar a otros muertos, los miembros de la familia Finzi-Conttini, con los que él había tenido una relación estrecha, deportados al campo de exterminio por los nazis, que a diferencia de los etruscos no poseían ningún símbolo material de su pasada existencia, ya que el mausoleo de la familia Finzi Conttini era un monumento vacío que no albergaba los restos de ninguno de ellos, excepto el de Alberto, el único que no fue asesinado en el campo de exterminio, el único que no sufrió el destino que está en la raíz de la condena universal de los crímenes de su tiempo y de la interpelación de nuestro tiempo, sucesor de aquel. De su relato se desprende que la memoria está conformada por aquellos acontecimientos y seres del pasado cuyos avatares siguen vivos en nuestro presente, lo condicionan, lo formulan, y por lo tanto, que es lo más importante, lo pueden interpelar. En el relato de Bassani la ausencia de restos mortales en un mausoleo tiene el valor metafórico, no sólo de la imposibilidad del duelo, sino del incumplimiento de la más elemental promesa vital, la culminación natural de la trayectoria de una existencia, provocadas por el quiebre brutal del destino de quienes han sido víctimas de un genocidio. Una situación de duelo suspendido, de la imposibilidad de su elaboración también es reconocible en este texto de Hugo Gryn, superviviente de Auschwitz y patrocinador del Anne Frank Educational Trust de Gran Bretaña, quien en su reflexión en modo condicional nos recuerda que el nazismo con el Holocausto ha destruido una parte irrecuperable de nosotros mismos, que se ha ido para siempre con las víctimas. Sólo nos queda su memoria que es la consciencia de nuestro propio desgarro:

La supervivencia nos carga con la enorme responsabilidad de hablar de nuestras experiencias... Pienso en Anne Frank y en el millón y medio de niños que perecieron con ella. Pienso en la gran obra literaria y en los poderosos pensamientos que podría habernos legado –y en los hijos y nietos que podría haber tenido. En cada conmemoración lloro al pensar en mi propio hermano, Gabi, en todos esos niños y en todo el amor aprendizaje y risas que murieron con ellos. Pienso en los hogares que podrían haber formado, las enfermedades que podrían haber curado, los actos bondadosos que podrían haber llevado a cabo, y como la civilización se habría vigorizado con todo ello”.3



Con cada ser aniquilado por el genocidio desapareció un trozo del futuro, al suprimirse su infinita potencialidad de auto-desarrollo, las infinitas e incalculables promesas que sus vidas plenas hubieran concretado, y con su pérdida sufrió el conjunto de la sociedad a la que pertenecían, ya que al haber sido privados de su presencia que nos habría enriquecidos como seres humanos, ha creado nuevos obstáculos a la realización de nuestra propia libertad. Aquí se agrega, a la violación del derecho de cada ser a culminar su vida plenamente, el del incumplimiento de las esperanzas y expectativas de cada uno de ellos y de la huella que podrían haber dejado en nuestra vida, y que la violencia sobre ellos ejercida ha impedido que se consumara.



La memoria en ambos casos exhorta a tomar consciencia de la pérdida, y de su carácter irreparable, ya que todos nosotros no somos ni volveremos a ser los mismos que hubiésemos sido si todos los que fueron asesinados no lo hubieran sido. No sólo por lo que plantea con justicia Gryn, o lo que tácitamente expresa Bassani en su dificultad para elaborar el duelo, en razón de lo que cada uno de ellos como proyecto personal, como realización autónoma humana hubiesen devenido, sino por que su ausencia nos amputa, nos empobrece, impide nuestra propia autorrealización, por que como seres sociales que somos para ello también es necesario el otro, el prójimo. Somos quienes somos en función de interrelaciones subjetivas y objetivas, y esa red necesaria para nuestro desarrollo personal, si hubiese conservado su integridad habría interactuado con nosotros de forma distinta a como nos condiciona al estar perforada por tantos agujeros negros. Esto es algo que debemos asumir y es lo irreparable.



Pero también, nos invita a cuestionar la autoridad de lo fáctico, de lo dado, ya que es la materia del presente, de un presente incompleto, ya que es resultado y continuidad del pasado forjado por los vencedores mediante la destrucción de los vencidos, quienes viven en el pasado ausente que la memoria nos llama a rescatar. Pero para que ello se produzca de modo completo y contundente, la elaboración de esa pérdida irreparable, nos la puede permitir la combinación de la memoria, como reminiscencia, como rememoración y la historia. ¿Cómo? Aquí pueden venir en nuestra ayuda las propuestas de Walter Benjamin de Theodor Adorno. Ambos coinciden en que el recuerdo de las aspiraciones de justicia frustradas y violentadas de los oprimidos es el medio para medir la distancia entre las promesas del pasado y su efectivo cumplimiento. En Adorno la forma que adopta la crítica del presente es en forma de negación como resistencia frente al poder que desea, eliminando disidencia y diferencia, dominar y subyugar a los hombres. De este modo la negación, como crítica intentará impedir que aparezca aquello que puede otra vez destruir las promesas de libertad y felicidad que el pasado con su progreso pretendía augurar. Por eso su imperativo moral categórico adopta la forma de una negación:

Hitler ha impuesto a los seres humanos un nuevo imperativo categórico para su actual estado de ausencia de libertad: el de orientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”.4



En la medida en que esa negación, ese imperativo no se cumple, la utopía no se realiza y continúa la tensión hacia ella. Para Adorno en las experiencias frustradas del pasado se encuentra la posibilidad futura de la utopía ya que tanto aquellas como esta son la negación del presente, justamente porque éste es la vigencia, la materialidad del dominio impuesto por los vencedores. Por lo tanto una tarea que pueden encarar juntas memoria e historia es la actualización del pasado. Al mismo tiempo con la actualización del pasado, se trae al presente, haciendo que formen parte del mismo aquellas preocupaciones y aspiraciones existentes en el pasado que han sido relegadas al olvido porque no existen en la agenda de los vencedores, porque eran las aspiraciones de los vencidos, de los derrotados, de las víctimas.5 Con actualizar quiero decir no solamente que aquellos elementos del pasado sean evocados en nuestro presente, sino que se hagan parte de las preocupaciones del presente, que en el presente se repita el intento, al menos el intento, de que esas aspiraciones del pasado puedan consumarse de algún modo. No debemos olvidar que Maurice Halbwachs, el teórico fundamental de la memoria colectiva, intentó que el pasado, en manos de la reacción en forma de tradición, fuera separado de esta para sumarse a las filas de la resistencia.6



Del mismo modo actúa Walter Benjamin cuando plantea que el pasado de quienes fueron aplastados, derrotados u oprimidos y por lo tanto ausente del presente oficial, del presente del poder vencedor, no debe ser considerado como algo muerto, como una entidad desaparecida irremisiblemente, sino como una tensión, una pulsión frustrada, insatisfecha y que exige su cumplimiento, porque su realización ha sido impedida de forma violenta, y porque es la única forma de no repetir su sufrimiento.7 Para Benjamin el pasado en realidad se reduce a los restos y las ruinas de los que fueron derrotados, de sus proyectos y esperanzas, por ello se imagina al Ángel de la Historia tal como aparece en el cuadro en el que Paul Klee pinta al Angelus Novus, cono un ser que observa horrorizado como se apilan tras de sí las ruinas de los hombres a los que intenta ayudar pero no puede porque un viento violento y brutal lo arrastra hacia el futuro. Benjamin nos indica que ese viento desolador es lo que convencionalmente se denomina “progreso”, y que forma parte de un presente dominado por los vencedores.8



Por ello recuperar el pasado no significa para Benjamin un movimiento en un sentido reaccionario, no se trata de reactualizar todo lo tradicional, porque una parte de ello está en el presente de los vencedores, y ha dejado de ser pasado para ser terrible actualidad, sino que debe significar la identificación de lo que está pendiente de cumplimiento en el presente y que procede de esas exigencias de esperanza y justicia formuladas en el pasado por quienes han sido derrotados o destruidos por quien domina el presente. Es la forma de contribuir a detener esa marcha que parece irrefrenable, ya que la revolución consistiría en la aplicación de ese freno a la destrucción, y con ello la oportunidad de la reparación del daño infligido a los habitantes del pasado. Por ello la libertad futura se debe nutrir y se debe fundar en las esperanzas, los sueños de libertad y justicia frustrados en el pasado (tesis XII).9



El peligro del que nos advierte Benjamin de transformarnos en víctimas o instrumentos de la clase dominante, de tal modo que “.... ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence”10, nos sigue convocando más allá de la especificidad histórica de su advertencia para buscar en el pasado la defensa del presente y reivindicar a los vencidos, señalando la vigencia de las injusticias que siguen sin ser resueltas.11 Lo escribe en el momento en que el fascismo parece imbatible, en sus Tesis de Filosofía de la Historia escritas durante su fuga de los ejércitos nazis, una huida hacia la libertad que se verá truncada en Port Bou, cuando las autoridades franquistas le nieguen el paso por España y le obliguen al suicidio. La actual crisis del capitalismo neoliberal a nivel global, el renacimiento de la xenofobia y el racismo y la crisis ecológica equivalen a esos momentos de peligro a los que Benjamin hacía referencia.12



Se afirma que la historia sólo se ocupa de lo que reconocemos como real en el pasado, o sea del estudio de aquellos vestigios que proyectándose, explicarían el presente, explicando lo que se ha realizado y desplegado. Sin embargo esa visión posible de la historia como medio de conocimiento, es demasiado reduccionista y limitada. La historia puede y debe ocuparse de aquellos procesos que quedaron truncados, que fueron derrotados o violentados, y que no llegaron a alcanzar su total plenitud ni a materializar la totalidad de sus aspiraciones. Pienso en este momento en la Segunda República española, “un arma cargada de promesas”, parafraseando a Gabriel Celaya, un continente que en su presente señalaba múltiples futuros, todos violentamente truncados por la agresión fascista. El estudio histórico de la Segunda República no consiste solamente en el registro y narración de lo fáctico, sino en la interpretación del significado que presentaron aquellos acontecimientos para quienes vivieron su experiencia y quienes defendieron su existencia, así como de las tendencias que despuntaban en su evolución y que señalaban recorridos posibles. Todo ello señala, justamente por la forma en que el régimen republicano llegó a su fin, la imposibilidad de culminar las trasformaciones que auguraba, y por lo tanto las carencias y vacíos que dejó su supresión violenta con la victoria franquista en la guerra civil, dependiendo de ello el significado que el proyecto republicano mantiene en la actualidad en la medida en que existentes áreas y aspectos de la sociedad española donde siguen notándose los efectos de la interrupción violenta de dicho proyecto, las carencias que esta acarreó.



Por ello lo ausente, lo que no existe en el presente, lo que no responde y se subleva ante la autoridad de lo fáctico, también es motivo de la indagación histórica, entre otras cosas para evitar lo que Adorno denominaba como cosificación (alienación), o sea la pérdida de la noción de nuestras propias raíces históricas, la pérdida de la noción de que somos un devenir formado por la dialéctica entre lo que ha sido y lo que pudo ser, noción que además nos advierte que el futuro es contingente y, por lo tanto, lo que no ha sido puede volver a ser, o que el pasado podría haber sido distinto, y por lo tanto de la posibilidad de hacer la crítica del presente.13



Pero no deben confundirse estas consideraciones con una reivindicación del contrafactualismo, del ¿qué hubiera sucedido si…? como anunciaba un libro publicado hace un par de años, proponiendo una ucronía como una alternativa de contingencias, una especie de juego de adivinación, pero que no se vincula al presente del historiador, como ciudadano y como profesional. En este caso estamos planteando que el historiador, a partir del estímulo que le ofrece la memoria, la rememoración, puede analizar la vigencia actual de los presupuestos y las propuestas históricas derrotadas en el pasado, para que, en lugar de aquella pregunta, se pueda hacer una afirmación, una vez que el método historiográfico haya acabado su diálogo con la memoria, sobre la necesidad de actualizar el pasado derrotado, de restituir la dignidad de las víctimas.



La memoria, y su forma más elaborada, la rememoración14, es también la de la actualización de los significados, en el sentido de traerlos al presente, de actualizar el presente, demostrando que éste no sólo está formado de la sustancia, de la materia de los vencedores, sino de la presencia- ausente de los derrotados. Por ejemplo, para Halbwachs“... ninguna memoria es una vivencia, todo lo contrario, ella es una reconstrucción racional del pasado realizada desde elementos y mecanismos presentes en la actualidad en la consciencia del grupo” y que “... recordar para un individuo es reconstruir su pasado desde los marcos sociales presentes en su grupo”.15 En virtud de esa condición la rememoración puede realizar un juicio moral en ese conflicto entre presente dominante y presente- ausente, porque la memoria, como bien afirma Benjamin, es el vehículo de esa tradición derrotada, que es el legado que los protagonistas pasan a las generaciones posteriores. Sin embargo la exégesis de esas valoraciones entra de pleno en la tarea del historiador, y de ella puede derivar el análisis de la correspondencia entre significados y contexto, entre ideología y realidad, y por lo tanto la pertinencia de la propia “economía moral” y sus fundamentos, que alienta detrás de las experiencias colectivas que se han enfrentado y han sufrido el embate de las fuerzas reaccionarias.16 Entre memoria e historia se puede establecer una relación dialéctica, de crítica y de acompañamiento simultáneo de dos espacios de conocimiento que no son tan distintos pero que tampoco son idénticos, en la medida en que la primera debe conservar la presencia de lo que ya no existe, y la otra buscar y confirmar lo que ya no existe en los vestigios que ese pasado vencido ha dejado. La memoria aporta la dimensión moral que la historia, con sus pretensiones de objetividad no se puede permitir, pero que en virtud de la vida buena a conseguir, de la vida buena a reparar, con ella también se debe medir, reuniéndose así sentimiento con inteligencia, razón práctica con razón pura, otro motivo para que memoria e historia caminen juntas en recorridos epistémicos paralelos, no contrapuestos, como Theodor Adorno nos advierte “Más le convendría a la filosofía buscar en la contraposición de entendimiento y sentimiento la unidad de ambos” y “…¿qué sería del arte como historiografía si se quitara de encima la memoria del sufrimiento acumulado?”.17 No habría por lo tanto una diferencia insuperable entre memoria e historia, ya que, desde esa perspectiva constituyen un continuo de conocimiento y reflexión articulado por la rememoración, que establece un vínculo epistémico entre ambas, ya que éste parte de la primera para parecerse a la segunda, en cuanto la rememoración pretende no sólo evocarlos sino establecer conexiones y relaciones causales entre los recuerdos, es lo que Benjamin llamaba souvenance.18



Por lo tanto, y en el caso de Argentina que es el que aquí nos concita, la memoria reciente, la que evoca a la generación de 1970, recuerda no sólo a sus miembros sino también y fundamentalmente rememora sus esperanzas y expectativas, sus sueños de utopía igualitaria y emancipadora, que intentaban revertir las condiciones de desigualdad social, de explotación y dominación política y social derivadas de la naturaleza capitalista de la Argentina de la época, del momento en que se formularon. Desde los organismos de derechos humanos y especialmente de las Madres de Plaza de Mayo, que acuñaron la feliz metáfora de considerarse “paridas por sus hijos” se irguió la voz de una memoria que constantemente reivindica las aspiraciones de los desaparecidos y sus compañeros a la construcción de una sociedad libertaria, justa, igualitaria, fraterna, socialista, para sustituir a la Argentina de la explotación del hombre por el hombre, de la prepotencia de las elites y del exterminio físico y cultural de los disidentes. La historiografía que puede demostrar ahora que esas propuestas de cambio revolucionario estaban fundadas en las características políticas y sociales de la Argentina de ese momento, también tiene la oportunidad de evidenciar que muchos de esos rasgos injustos de la sociedad argentina eran y son producto de sucesivas supervivencias de épocas anteriores, desnudando la dinámica socialmente agresiva que había presidido la génesis de la Argentina moderna, que alcanzó su mayor cota de criminalidad y barbarie con la dictadura instaurada en 1976. No es casual que junto a la rememoración de las décadas de 1960 y 1970, se haya actualizado en Argentina la recuperación de otros acontecimientos largamente olvidados, se trata de la memoria de los llamados “pueblos originarios”, al menos de los pueblos y culturas que estaban en ese trozo de América desde mucho antes de que llegaran los primeros europeos, víctimas del primer genocidio practicado por el Estado argentino en la forma de la conquista de la región pampeano-patagónica a finales del siglo XIX, y en el Chaco en la primera década del siglo XX. La actualización de los últimos sufrimientos promovió, posiblemente por la enorme magnitud del crimen cometido por la dictadura militar, la reflexión sobre sus orígenes y antecedentes, conduciendo a la recuperación de la memoria de los agravios sufridos por diferentes grupos sociales políticos y culturales a lo largo de la historia de la Argentina moderna. Los intentos de revisar el callejero de la ciudad de Buenos Aires para suprimir cualquier homenaje a los responsables de la masacre de los pueblos originarios, comenzando por el del general Julio A. Roca, una reivindicación similar en el terreno de los símbolos a la supresión de los retratos de los genocidas Videla y Bignone del Colegio Militar, se une a la defensa y reivindicación de los derechos territoriales de los pueblos araucanos o del norte de la Argentina, trascendiendo el marco de la actualización simbólica hacia la reparación efectiva de la deuda histórica con esos pueblos. Por lo tanto aquí claramente la historia actuaría como aliada de la memoria (de la rememoración) y permitiría fundamentar la exigencia de que la reparación de la injusticia no se acaba con el juicio y castigo a los responsables directos de los crímenes cometidos por la dictadura, sino en la revisión y remoción de las estructuras sociales y políticas que favorecieron la instauración de la dictadura genocida en 1976, ya que esa dictadura fue instaurada no sólo en defensa sino en promoción de un modelo de acumulación que acentuaría aún más los rasgos injustos, violentos y opresivos de la sociedad a favor de los intereses de clase dominantes, los que eran antagónicos con los proyectos revolucionarios aplastados sangrientamente. Quisiera acabar con el recuerdo de un texto de Bertolt Brecht de hace casi setenta años, al final de su obra “La resistible ascensión de Arturo Ui”, en que señalaba con su peculiar estilo el marco teórico general que todavía nos ayuda a interpelar al presente y medir hasta donde las sombras del pasado cubren nuestra actualidad:

Habéis aprendido que una cosa es ver

Y otra mirar, y una hacer y otra hablar por hablar.

¡Recordad que ese Ui estuvo a punto de vencer

Y que los pueblos lo pudieron derrotar!

Pero que nadie cante victoria sin saber

¡Qué el vientre en que nació aún puede engendrar!”19

1 Este texto fue leído en las “JORNADAS DE MEMORIA HISTÓRICA : MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA EN LA CONSTITUCIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA” organizadas por PLATAFORMA ARGENTINA CONTRA LA IMPUNIDAD – BARCELONA, y celebradas en los días 25y 26 de marzo de 2010.

 

 

2 Manuel Mate Rupérez, Medianoche en la historia : comentarios a la tesis de Walter Benjamin 'Sobre el concepto de ironía' (Editorial Trotta, S.A., 2006), 234.

 

3 Alejandro Andreassi, No els oblidarem, l'holocaust a Internet”, L' Avenç, Nº 237, 1999.

 

4 Theodor Adorno, Dialectique négative (Paris: Éditions Payot & Rivages, 2001), p. 351

 

5 Marta Tafalla, Theodor W. Adorno. Una filosofía de la memoria (Barcelona: Herder, 2003), pp. 245-246.

 

6 Mate Rupérez, Medianoche en la historia, 117.

 

7 Ibid., 122.

 

8 También para Adorno, criticando la filosofía de la historia de Hegel, que la consideraba como el despliegue y justificación de la Razón encarnada en el Espíritu universal, afirma que ese despliegue debe ser considerado como la catástrofe permanente, ver Marta Tafalla, Theodor W. Adorno: Una Filosofía De La Memoria (Barcelona: Herder, 2003), 218.

 

9 La clase que lucha, que está sometida, es el sujeto mismo del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última que ha sido esclavizada, como la clase vengadora que lleva hasta el final la obra de liberación en nombre de generaciones vencidas. Esta consciencia, que por breve tiempo cobra otra vez vigencia en el espartaquismo, le ha resultado desde siempre chabacana a la socialdemocracia. En el curso de tres decenios ha conseguido apagar casi el nombre de un Blanqui cuyo timbre de bronce había conmovido al siglo precedente. Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mejor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados”, Walter Benjamin, Ensayos escogidos (Coyoacán: Ediciones Coyoacán, 2006), p. 72.

 

10 Walter Benjamin, Ensayos escogidos, p. 66.

 

11 Mate Rupérez, Medianoche en la historia, 234.

 

12 Su pertinencia en el momento en que se escriben estas líneas viene refrendado indirectamente por las propias consideraciones de Reyes Mate, quien, como excelente glosador de Benjamin, en su libro, Medianoche en la historia... , compara obviamente lo escrito por Benjamin con la situación en el momento en que él escribe, 2006, en el final del período de euforia previo a la crisis, sin dejar de reconocer la posibilidad estructural del peligro (proliferación del armamento nuclear, daños irreversibles a la naturaleza, etc,) afirma que en ese momento la coyuntura muestra una cara amable y escribe ”.... vivimos lejos de la situación extrema que le tocó a Benjamin y como tenemos a mano razones para el optimismo (la buena marcha de la economía, la desaparición de las grandes tensiones sociales, […] unos derechos humanos plenamente compartidos), no hay razón para echar mano de ese último clavo ardiente de la esperanza como es saber que en le pasado se superaron situaciones más desesperadas”, p. 117; ya que esos rasgos a la luz de lo acontecido a partir de 2008, tienen una lectura completamente inversa.

 

13 Tafalla, Theodor W. Adorno, 228.

 

14 Utilizo aquí el concepto de rememoración brindado por Daniel Brauer, quien considera que no se limita a evocar los recuerdos sino a contextualizarlos y a otorgar sentido a dichos recuerdos, ver La Comprensión Del Pasado: Escritos Sobre Filosofía De La Historia (Barcelona: Herder, 2005), pp. 19-20.

 

15 Maurice Halbwachs, Los marcos sociales de la memoria (Anthropos, 2004), 368 y 372.

 

16 No debemos olvidar que ese concepto es una herramienta de primer orden en el análisis que hace un historiador de la talla de Edward Palmer Thompson para reconstruir y explicar la formación de las clase británica no sólo desde la perspectiva social y material, sino cultural.

 

17 Theodor Adorno, Minima Moralia: Reflexiones Desde La Vida Dañada (Madrid: Taurus, 1987), 199; y Teoría estética (Akal, 2004), 343.

 

18 Daniel Brauer, “Rememoración y verdad en la narración historiográfica”, en Manuel Cruz, ed., La comprensión del pasado. Escritos sobre filosofía de la historia (Barcelona: Herder, 2005), p. 20.

 

19 Bertolt Brecht, La evitable ascensión de Arturo Ui ; Las visiones de Simone Machard (Alianza Editorial, S.A., 1996), 126.

 

 

 
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