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"Marcha o muere"

Joaquín Miras Alabarrán 23/05/2012
 

Algo muy fundamental de una cultura, la nuestra, la de la izquierda, elementos muy importantes de la misma, deben ser eliminados si es que queremos ser operativos; aún más, si es que queremos que nuestro patrimonio pueda ser transmitido y heredado, pueda decirle algo a los por venir, a los que ya están viniendo. El no creer más que en la gestión desde las instituciones. El no creer en el poder de la organización de masas, el no creer que lo fundamental es la nueva cultura emergente de la experiencia de organización de masas y que eso, eso mismo, el vivir social organizado, es el estado: eso y no otra cosa. El no creer que poder es actividad organizada y que la organización genera experiencia vivencial que transforma la consciencia a la par que la realidad social. Todo eso debe ser abandonado.

También debe ser abandonado, y sustituido por otro, el propio tipo de organización existente, que, es funcional a todo eso que, creo, debe ser abandonado, y que, en consecuencia, se crea y reproduce para representar y actuar por procuración y “en nombre de”, por considerar que solo la gente de aparato tiene el saber. Pensar que el aparato debe dirigir a los demás e incluso que los demás les deben dejar hacer a ellos, votarles y dejarles hacer: Esta es la concepción actual del partido, la que lo organiza y orienta, su código genético actual, y es un elemento gravísimo que funciona en contra del futuro: la concepción operante del partido como iglesia católica en la que unos elaboran el proyecto y lo imponen, desde fuera y al margen de la praxis de los demás. La concepción, esto es, de la política como ingeniería sobre la sociedad desde la administración del estado y del partido como instrumento profesionalizado de gestión. A este tipo de “partido católico” se le enfrenta el “partido Riforma”, “luterano”, todos cuyos componentes deben pensar directamente por cuenta propia para poder dirigir su propia acción porque todos ellos son “sacerdotes”; y los especialistas solo actúan aportando instrumental intelectual, saber crítico, homogeneización y actuallización de la concepción del mundo basada en la experiencia práctica de los muchos organizados, para que ese saber sea usado creativamente por todos y cada uno de los sujetos activos en la praxis cultural de lucha. Aquí, en esta contraposición de alternativas partidarias, es donde veo la divergencia fundamental, el divorcio que marca una imposibilidad de acuerdo. Porque esta segunda alternativa trata de lograr que cada uno de los sujetos organizados se convierta en el creador de un nuevo ethos, como lo hace el calvinista weberiano que, armado de su convicción de fe, transforma creativa, protagonistamente, el mundo con su actividad, crea riquezas que hunden el orden feudal. Es de nuevo el partido, el asunto partido, y también, en consecuencia lo que se entiende por actividad política, la política entendida o como cultura que solo la movilización masiva y estable puede generar, o como gestión de recursos, el elemento divergente crucial.

Creo que las bases, nosotros, albergamos dentro ambas facetas, el doble alma, en lucha: la que nos impele a reclamar el protagonismo sobre el hacer y la de dejarnos hacer. La de ser críticos y la de replegarnos identitariamente cuando se critica con dureza, con energía algo de la organización... el poner nuestra cultura de grupo no como un saber provisional a devolver a más gente, sino como sustancia, como material entitativo que debe preservarse por sí mismo: “el partido”...necesita, exige, peligra... vale que hay mala gente –así lo valoramos desde dentro- pero también hay mucho bueno...esta forma de concebir la cosa es como la religión, que nace en la humanidad como consciencia de que el ser humano es comunidad y de que solo como comunidad organizada conscientemente puede salvarse, –esta es la “verdad de la religión”, olvidada por la Ilustración, pero una vez se crea la instancia religiosa consciente de que el ser humano es una comunidad, el fiel convierte la existencia de esa instancia en un fin en sí mismo, en una organización, en una “sustancia”; no en una subjetividad organizada provisionalmente, sin fin en sí, que pretende devolver la consciencia de comunidad al mundo...todo esto, bueno, son hegelianadas, pero creo que estas críticas de 1806, de 1807 –de 1796- , pues no están mal, arrojan luz, creo, sobre lo que nos pasa.

De hecho, qué efectos tendrá “esto de Andalucía” dentro de la organización, qué consecuencias tendrán estos “faits accomplis”, qué efectos tendrán en los militantes que estaban en contra, que rechazaban la participación de IU en el gobierno andaluz, y que rechazaban que las decisiones sobre este asunto y sobre todos los demás quedaran en manos de los profesionales de la organización...y que sabían que esto es lo que iba a ocurrir, lo sabían por experiencia,- porque lo sabían, sabíamos, lo sabíamos; sabíamos que esto iba a ser así, que esto iba a darse una vez más- y que saben, porque lo sabemos, - a tal punto que lo olvidamos porque lo queremos ignorar, por parafrasear a César Vallejo- que esto se dará cada vez que “ello sea menester”, que el proceder de la cúpula será éste; qué efectos, digo, tendrá esta nueva y a la vez reiterada experiencia. “Podrá” el aparato. ¿Podrá solo por corrupción y autoritarismo? ¿Podrá por cultura?: Podrá. Ha podido; ¿tiene sentido el desvalimiento y el vértigo que nos sobreviene cuando nos da por ponemos a pensar en hacer otras cosas fuera de la santa madre iglesia?¿nada fuera de la iglesia? ¿no somos nosotros la iglesia, cada uno? Así lo diría Gramsci; y sobre este eje elaboraría su idea de intellettuale organico, il partito come Riforma, come Riforma morale e intelettuale. Porque la idea gramsciana de la Riforma se inspira en la Reforma luterana, o en lo que Hegel dice que fue la Reforma luterana –y plagia Weber-. La palabra elegida por Gramsci, Reforma, procede de la reflexión sobre la religión, y nada tiene que ver con el “reformismo” de la socialdemocracia de la época. Gramsci considera que el partido, como la religión, ha de ser el depósito provisional, transitivo, del saber de la subjetividad consciente de la comunidad social humana, saber consciente de la comunidad sobre sí misma, cuyo fin único e inmediato es el devolver a todos los sujetos esta consciencia e invitarlos a la praxis protagonista, creativa. Devolver a todos la consciencia de ser comunidad y de que por tanto debemos aspirar a construir una comunidad autogobernada, un ethos nuevo, un nuevo espíritu objetivo, un Estado nuevo u ordine nuovo...¿cuál y cómo? Eso no se puede saber: El que surja de la praxis creativa y de las deliberaciones in actu de la masa de los donnadies organizados, el que sea y surja de la cultura de vida nueva que ellos, -nosotros- seamos capaces de ir creando –espíritu creador- ...el partido como ayo del soberano, como siervo del señor, o sea del Bloque social subalterno. No un déspota. También así lo ve Tomás Münzer, o sea Ernst Bloch –veni creator spiritu, mentes tuorum visitans-

Evidentemente y como Gramsci señalaba ya no se trata de volver a hacer una reforma luterana tal como fue la del siglo XVl. La Revolución francesa había sido una nueva reforma que había transformado el mundo. Un reforma de la civilización, por cierto que se había hecho en clave de herejía católica: las masas subalternas imbuidas de iusnaturalismo católico se habían apoderado protagonistamente de este saber cultural orgánico, reiterado durante siglos por cada párroco en cada iglesia, explicado en cada centro escolar católico –por ejemplo “Louis le Grand”; por ejemplo, La Fléche- y lo habían convertido en instrumento intelectual para reflexionarse y para elaborar un proyecto de sociedad que iba siendo creado al paso de la experiencia de lucha del movimiento. El iusnaturalismo dejaba de ser una doctrina operada y elaborada desde fuera de la sociedad, una “consciencia exterior” a la sociedad, creada por una élite externa que la utilizaba como instrumento intelectual para dirigir un mundo social, y había pasado a ser saber orgánico del movimiento, una vez arrebatado al control de los prelados: herejía. También recordaba Gramsci que la última, nueva, herejía intelectual, basada en el hurto del saber más fuerte a las clases dominantes, era el marxismo: siempre que, y en la medida en que este saber estuviese en la mente de las gentes en acción, como instrumento para orientar la misma, y aunque fuese un saber muy elemental. Aunque por ahora fuese tan elemental como el saber que empujó a los campesinos luteranos del XVl, saber tosco y burdo comparado con toda la sabiduría de los humanistas del Renacieminto, pero, que sin embargo fue el saber que conmocionó al mundo, lo transformó, e hizo que surgiera este mundo actual, moderno, en el que nace el idealismo alemán y nace el marxismo. Siempre que su elementalidad no sirviese como superstición para someter a los subalternos a la obediencia de los prelados marxistas...

Durante decenios nuestra doble alma nos ha llevado a la pasividad de facto, con la mirada perdida en los altos cielos, tal como las efigies medievales de los pórticos románicos, hieráticas y espectantes. ¿Creemos quizá que esta forma de hacer y ser que se vuelve a poner de manifiesto en Andalicía, a pesar de todos los pesares, es útil?. Entonces, podemos seguir así. Si, por el contrario, creemos que no, y que ese hacer es autodestructivo, tenemos por delante la travesía del desierto y cuanto antes se comience mejor. Por eso, debemos ponernos claros a nosotros mismos en nuestro fuero interno: Qué valoramos sobre la experiencia del tripartito catalán, qué de la experiencia del BNG en Galicia, qué creemos que hará ahora IU desde las instituciones andaluzas... debemos extraer nuestro propio balance calvinista interno al respecto, sin esperar el guiso ad hoc pensado por los prelados. Un balance “pobre”, el nuestro, hecho con los dedos, sumando con los dedos, empírico, pero sin hacernos trampa, sin dejarnos engañar por la “magna reflexión”, las valleincanescas, aterradoras, “sagradas palabras” de los príncipes de la iglesia. Y debemos salir así de ese constante ir en nuestro fuero interno de Herodes a Pilatos: ahora el horror escandalizado ante la componenda caciquil antidemocrática, pero acto seguido, el escalofrío atormentado y el rechazo ante la propuesta del begindebegin, y la vuelta a lo de siempre, dubitans dubitandum:... “después de todo, no se puede echar al niño con el agua sucia”... etcétera

Durante decenios hemos sido el alma que sufría de ser su cuerpo, para seguir con Vallejo. En la actualidad y dada nuestra edad promedio, ahora corremos el riesgo de pasar a ser ya el alma que murió de ser su cuerpo. Sólo nos queda una; la transmigración. De crío vi una película; y la volví a ver, cuando se hizo su remake. Se titulaba “Marcha o muere”. Stewart Granger –y Alfredo Mayo, en el desierto de Almería, en 1962-, y Gene Hakmann, posteriormente, fueron sus protagonistas. “Marcha o Muere”. Ahora, este es nuestro dilema, a mi entender

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