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En el 97 aniversario de la revolución rusa

Joaquín Sagaseta de Ilurdoz Paradas 10/11/2014
 

En una tórrida tarde del diez termidor de 1794, desde el cadalso, Maximiliam Robespierre, el incorruptible, y Saint Just, dieron su último adiós al pueblo de Francia, la guillotina reaccionaria vengó en sus pescuezos el declinar histórico del viejo régimen aristocrático. Sus cabezas las recogieron en un cesto.

Pero ya nunca mas todo fue igual, la humanidad había dado uno de sus grandes virajes hacia el progreso. Desde aquellos días la palabra libertad representó mucho mas que el simple no ser esclavo que registraban lo diccionarios de la época.

Durante meses corrió el Sena rojo de sangre jacobina, pero siguió discurriendo sin detenerse, bajo los mismos puentes sobre los que años mas tarde pasó la Comuna, victoriosa. Pero también esta vez, sonó en Las Tullerias la hora de la reacción, y llegó Thiers, desde Versalles, como un rayo asesino, y entre detonaciones de fusilería dejaron el mundo los últimos comuneros, acribillados a balazos en las murallas del cementerio de Pere-Lachaise. Allí yacen sus restos, junto a Laura Marx, la hija del fundador y su compañero Paul Lafargue, el introductor del marxismo en España. Y ya nunca más clase obrera fue sinónimo de sujeto pasivo de la historia.

Y después vinieron los marineros del Potenkin, y hace ahora 97 años con lenguas de fuego los cañones del Aurora anunciaron el alba de la nueva época, y los obreros de Petrogrado, la ciudad de Pedro, asaltaron el Palacio de Invierno y lo transformaron en el Hermitage, uno de los mas grandes reconocimientos a la creación artística de la humanidad; enmudeció la artillería bolchevique, por orden de Lunarchasky, para salvar las cúpulas de San Basilio y fueron soldados, metalúrgicos y ferroviarios los que a bayoneta tomaron la Plaza Roja y su fortaleza.

Ninguna vez las manecillas del reloj, en la torre del Krenlim, giraron tan deprisa, y no pudieron detenerlas ni los cosácos de Kornilov, ni las escorias zaristas de Denikin, ni lo terratenientes de Kolchak, ni la intervención de doce ejércitos expedicionarios.

En un día helado de enero de 1943, en Stalingrado, entre nieblas espesas y nieves ennegrecidas por despojos humanos, que movidos por mantas de piojos parecían vivos, el mariscal de campo Friederich Paulus, como un fantasmal espectro, rendía el VI Ejercito de la Whermach, se ponía fin a la mas sangrienta batalla de la historia -dos millones de muertos-. Se abría el camino a un Berlín hitleriano engalanado de esvásticas arriadas y banderas blancas izadas; entonces, los hijos de la Revolución Rusa, a un precio que no pago nunca nación alguna, salvaban a la humanidad del tormento de mil años de imperio nazi. Tuvo que esperar mucho esta vez la contrarrevolución.

Poco después el Spuknik entró en órbita, la Rusia de Rasputín, de la corte embrutecida y decadente de los Romanov, del mujik hambriento y supersticioso, de los popes ventrudos y libertinos…se había transformado en la pionera de la conquista del cosmos.

Y ya nunca mas socialismo fue expresión de un imposible, ni la división de la sociedad en clases signo de la fatalidad. Se abrió un capítulo de la historia cuyas miserias no pueden empequeñecer la grandeza de su significado. No hubo, desde allí, progreso social en que, más cerca o más lejos, no resonaran los ecos del Aurora y que no fuera fruto directo o inducido de las fuerzas sociales, ideológicas y políticas que liberó aquel gigantesco viraje histórico.

Durante más de setenta años la clase obrera se colocó en el centro de la vida de las sociedades dejando un legado de extraordinarias conquistas sociales, jurídicas, políticas y culturales y en ello los comunistas han sido la sal de la tierra.

De la mano de una burocracia verticalista, enriquecida con el propio desarrollo del socialismo, que después de un prolongado y criminal proceso de acaparamiento y liquidación logró controlar los vértices del estado y del partido, le llegó a la Revolución Rusa su termidor. La destrucción del sistema era condición para que aquella burocracia diera el salto de grupo privilegiado a clase dominante. Culpar de ello a la propia revolución, a Lenin y al marxismo, a los comunistas, es como culpar a los traicionados por la acción de los traidores.

En Noviembre de hace mas cuarenta y siete años fuimos varios los que, casi niños, cruzamos la puerta clandestina de la organización de los estudiantes comunistas, que por entonces promovía, la campaña 50 ANIVERSARIO DE LA REVOLUCIÓN RUSA. Solicitamos nuestro ingreso en la Unión de Juventudes Comunistas. Hicimos lo que había que hacer.

Han pasado los años y como no podía ser de otra manera, con el curso de las contradicciones y el discurrir de la historia la noche del termidor de la Revolución Soviética ha sido rasgada por nuevas auroras, y eso es lo que importa.



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