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Detrás de la Nueva Derecha Alemana

Jan-Werner Müller 19/04/2016
 

A través de su historia de posguerra Alemania resistió de algún modo las tentaciones del populismo de extrema derecha. Esto se ha acabado. El 13 de marzo “Alternativa para Alemania”(AfD),- un partido que ha declarado que puede ser necesario disparar a los inmigrantes que traten de entrar ilegalmente al país y que ha planteado prohibir las mezquitas- obtuvo resultados de dos dígitos en las elecciones en tres estados alemanes; en uno de ellos, Sajonia-Anhalt, el partido recibió casi una cuarta parte de los votos. Para algunos el éxito de AfD es la evidencia de la “normalización” de Alemania: otros países, como Francia, tienen desde hace mucho tiempo partidos que se oponen a la integración europea y condenan a los representantes políticos por su fracaso en representar al pueblo- ¿porqué Alemania debería ser una excepción?

Tal complacencia es injustificada, como mínimo por dos razones: el AfD se ha alimentado y, a su vez, estimulado a un movimiento radical, denominado “Europeos patriotas contra la islamización de Occidente” o Pegida, que no tiene equivalente en ningún otro país de Europa. Y, tal vez, lo más importante, las advertencias de AdF sobre la “lenta extinción cultural” de Alemania que supuestamente resultaría de la acogida por la cancillera Angela Merkel al millón de refugiados, ha sido repetido por prominentes intelectuales. De hecho, las bases conceptuales de la que uno de los ideólogos de AdF ha denominado como “conservadurismo de vanguardia” pueden hallarse en el trabajo reciente de escritores y filósofos alemanes de primera línea. Nunca, desde el final de la época nazi, un partido de extrema derecha había tenido un apoyo cultural tan amplió. ¿Porqué sucedió esto?

El partido AdF fue fundado en 2013 por un grupo perfectamente respetable y nada carismático de profesores de economía. Su verdadero nombre, Alternativa para Alemania, fue escogido como respuesta a las afirmaciones de Angela Merkel de que no había otra alternativa a sus políticas para afrontar la euro-crisis. Estos académicos se oponían al euro ya que, según ellos, representaba una carga financiera muy pesada para el contribuyente alemán y generaba conflictos entre los estados europeos. Sin embargo no pedían la disolución de la Unión Europea en el sentido en que lo han hecho otros populismos de extrema derecha en otras partes de Europa. Los principales partidos alemanes intentaron tacharlos de “anti-europeos”, lo que reforzó en muchos votantes la sensación de que las élites políticas del país consideraban un tabú: la discusión de ciertas líneas políticas. Como otros nuevos partidos, la AfD atrajo a todo tipo de oportunistas. Pero también ofreció un lugar para los conservadores que pensaban que muchas de las políticas de Merkel –acabar con el uso de la energía nuclear y el servicio militar, apoyar los matrimonios de mismo sexo, y elevar el salario mínimo- han desplazado a la CDU demasiado a la izquierda. En tanto que una importante corriente conservadora opuesta a muchas de estas decisiones, AfD podría ahora ocupar el espacio a la derecha de la CDU sin despertar sospechas sobre su carácter antidemocrático o evocar el pasado nazi.

Por muy poco AfD no pudo entrar en el Bundestag en 2013, pero consiguió enviar siete diputados a Bruselas en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, donde se aliaron a los paridos euro-escépticos liderados por los conservadores británicos. Con el éxito electoral surgieron las disputas internas. Los derechistas más jóvenes desafiaron a los profesores con iniciativas como la “Plataforma patriótica”, más próxima a la extrema derecha nacionalista que a una CDU auténticamente conservadora. En el verano de 2015 la mayoría de los fundadores de AfD se alejaron del partido, uno de ellos se arrepintió de haber creado un “monstruo”. La AfD parecía destinada a seguir el camino de muchos partidos de protesta, debilitado por las luchas internas, falta de profesionalismo, y el fracaso a la hora de formar personal suficientemente cualificado para la actividad parlamentaria diaria.

Y en eso el partido fue salvado por Angela Merkel. O es lo que han estado diciendo los líderes más radicales desde que la cancillera anunció su tan controvertida política sobre los refugiados. En su momento su decisión fue ampliamente apoyada, pero este apoyo disminuyó rápidamente mientras que el de AfD crecía. Muchos temen que el estado alemán esté perdiendo el control de la situación y culpan a Merkel del fracaso al negociar un abordaje de la crisis genuinamente pan europeo. Alexander Gauland, un antiguo miembro de la CDU, ahora uno de los líderes más conocidos de la AfD – cultiva el aspecto de un conservador británico, chaquetas de tweed y referencias a Edmund Burke incluidas- ha dicho que la crisis de los refugiados es un “regalo” para la AfD.

Otros ido más lejos. Como Beatrix von Storch, condesa de la Baja Sajonia, una de las diputadas de AfD en el Parlamento Europeo, donde se unió al grupo que incluye al UKIP y a los Demócratas Suecos de extrema derecha. Promotora tanto del libre mercado como del fundamentalismo cristiano ha batido el récord al decir que los guardias fronterizos podrían tener que usar armas de fuego contra los refugiados que intentarán cruzar la frontera ilegalmente – incluidos mujeres y niños. Después de muchas críticas, aceptó que los niños debían ser exceptuados, pero no las mujeres.

Tales declaraciones están destinadas a explotar lo que la AfD considera un temor creciente entre los votantes de que las nuevas llegadas de refugiados pongan en peligro la cultura alemana. La AfD presentará un programa político completo después de la conferencia a realizar a finales de abril, pero ya hay indicios de que pondrá el énfasis principal en la prevención de lo que el partido considera como la islamización de Alemania. Un borrador del programa contiene frases como “Somos y queremos seguir siendo alemanes” –y el significado real de tales tópicos se concretiza en prohibir la construcción de minaretes. Es aquí donde la orientación de AfD y el más estridente movimiento anti-Islam Pegida se solapan claramente.

Pegida fue iniciado por activistas de extrema derecha en el otoño de 2014, invitando a la ciudadanía a unirse a ellos para lo que llamaban ”paseos vespertinos” por Dresde y otras ciudades para oponerse a la “Islamización”. Los líderes del movimiento también han abogado por mantener mejores relaciones con Rusia (carteles con la leyenda “¡Putin ayúdanos!”), un llamamiento del que se han hecho eco políticos como Gauland. Los manifestantes se apropiaron del eslogan “Somos el pueblo” con el cual los ciudadanos de la Alemania del Este se habían manifestado en 1989 en protesta contra el régimen socialista de estado. Pegida no sólo se alimenta de los temores difusos (no hay casi musulmanes en Dresde), sino también cuestiona al sistema democrático como tal. Los representantes parlamentarios –Volkvertreter- son denunciados como traidores –Volkverräter. Los miembros de Pegida condenaron la política de Merkel de mantener las fronteras abiertas como violación a su juramento como gobernante de proteger mantener al pueblo alemán.

Miembros del movimiento han llamado a la “resistencia” o como mínimo a la “desobediencia civil”, por ejemplo bloqueando los accesos a los centros de refugiados. Los manifestantes han exhibido la bandera de Wirmer, propuesta por la resistencia antihitleriana en torno a Claus von Stauffenberg como el símbolo de una Alemania post-nazi. En efecto, muchos grupos de extrema derecha en Alemania se han apropiado de este símbolo para señalar que consideran ilegitimado al estado actual (aunque Joseph Wirmer, el diseñador de la bandera fue un demócrata católico que fue ejecutado por los nazis; su hijo ha dicho que la familia Wirmer podría demandar a los manifestantes de Pegida por utilizar la enseña). A las concentraciones de Pegida han acudido dirigentes de extrema derecha de fuera de Alemania, de forma destacada el político holandés de extrema derecha anti-Islam Geert Wilders (quien denomina al parlamento holandés como el “falso parlamento”).

Aquí es donde los intelectuales entran en escena. Periodistas y académicos han tenido dificultades para comprender porque ha surgido un movimiento como Pegida cuando lo hizo y porque ha atraído a tanta gente en Alemania; hay ramas del movimiento Pegida en otras partes de Europa, pero sólo han logrado hasta ahora un apoyo marginal. Quienes sugieren que es impulsado por la “ira” y el “resentimiento” no superan el nivel descriptivo del fenómeno. Lo que es destacable, sin embargo, es que la “furia” como postura política ha recibido la bendición filosófica de un intelectual destacado del AfD, Marc Jongen, que es un antiguo colaborador del muy conocido filósofo Peter Sloterdijk. Jongen no sólo ha advertido respecto al peligro de una “auto-aniquilación cultural” de Alemania, también ha argumentado que como consecuencia de la Guerra Fría y del paraguas protector provisto por los EE.UU., los alemanes han olvidado la importancia de lo militar, la policía. Las virtudes guerreras –y, en términos más generales, lo que los antiguos griegos denominaban thymos (traducido como coraje, orgullo, justa indignación, o ira), en contraste con Eros y Logos, amor y razón. Alemania, dice Jongen, está habitualmente poco provista de thymos. Sólo los japoneses tienen aún menos porque ellos también viven en un pacifismo de posguerra. De acuerdo con Jongen, Japón puede permitirse tal déficit, porque sus habitantes no están confrontados con la “fuerte naturaleza” de los inmigrantes. De acuerdo con ello los encolerizados manifestantes están haciendo algo condenadamente bueno ayudando a encender el thymos en la sociedad alemana.

Jongen, quien es ahora líder del grupo parlamentario de AfD en Baden-Württemberg era alguien virtualmente desconocido hasta esta primavera. No en cambio Sloterdijk, uno de los filósofos alemanes más prominentes (e indudablemente el más prolífico) cuyo trabajo también es bien conocido en los Estados Unidos. Sloterdijk interviene con regularidad en cuestiones controvertidas como la ingeniería genética y se deleita en provocar a la que el considera como una izquierda intelectual falta de humor y de espíritu. Sus libros, que se venden muy bien, no exponen tanto argumentaciones claras como reseñas filosóficas y a menudo poéticas de la historia reciente de Occidente como una totalidad. Como Nietzsche en La genealogía de la moral –una fuente de inspiración permanente para Sloterdijk- estas reseñas tienen la intención de sacar a los lectores fuera de las interpretaciones convencionales del presente. Sin embargo, su trabajo no cumple, en general, con la imagen nietzscheana del filósofo como “doctor de cultura” capaz de acabar dando al paciente un diagnóstico francamente desapacible o estremecedor: Sloterdijk a menudo simplemente lee lo que la principal corriente alemana ya está pensando, pareciendo más profundo de lo que es debido a las metáforas y analogías, bonitos anacronismos y neologismos típicos de su estilo.

Sloterdijk se ha distanciado del “conservadurismo de vanguardia” declarado por Jongen. Pero la perspectiva “psico-política” que Jongen adopta es uno de los rasgos esenciales de la filosofía de Sloterdijk. En su libro Furia y Tiempo, publicado en 2006, en el cual adopta conceptos clave de Nietzsche, Sloterdijk argumenta que el thymos de Occidente ha sido olvidado por el predominio de Eros en el consumismo capitalista, con el resultado de que la envidia y el resentimiento dominan la vida interior de los ciudadanos. Se hace eco del argumento de Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre de que las democracias liberales pacificadas generalmente fracasan en el empeño de hallar un lugar apropiado para las “energías tímicas”, y Sloterdijk ha dicho explícitamente que Occidente necesita redescubrir el papel del thymos en su confrontación con el Islam. Al igual que Jongen, quien critica a la UE por ser “postímica”, Sloterdijk desea para Europa un afianzamiento más potente en la escena mundial y teme que la crisis de los refugiados debilite al continente –para satisfacción, dice, de los EE.UU. (“el motivo por el que Obama aprecia a Merkel” como Sloterdijk dijo en una entrevista publicada al comienzo de este año).

Sloterdijk también ha invocado el concepto de “estado de excepción” desarrollado por el jurista de extrema derecha Carl Schmitt en la década de 1920. Como Schmitt lo planteó, el soberano podía, con el fin de salvar la organización política en una situación de crisis, suspender la constitución declarando el estado de excepción. Agregaba que quien decide si hay realmente una amenaza a la existencia del estado es quien detenta el poder supremo. Sloterdijk sostiene actualmente que no es el estado el soberano nominal sino el refugiado quien decide sobre el estado de excepción. Sloterdijk culpa a la política de Merkel de permitir la entrada irrestricta de sirios, de dar como resultado la renuncia de Alemania a su propia soberanía, y esta “abdicación” supuestamente “continúa noche y día”.

Sin duda los mismos refugiados han afrontado un estado de excepción y sin duda su llegada ha constituido un desafío excepcional para Alemania –pero la observación de Sloterdijk construye a lo sumo un aforismo momentáneamente llamativo, en lugar de realizar un análisis real de la situación: Merkel y su mayoría parlamentaria retienen en realidad el poder de decisión y no hay ninguna razón para creer que el estado más poderoso de Europa se ha transformado en juguete de peligrosos extranjeros. Pero Sloterdijk ha acusado a sus críticos de ser intelectuales superficiales que dan vueltas alrededor de sus ideas como si estas fueran “mujeres de la víspera de Año Nuevo” – una alusión de mal gusto a los ataques a mujeres este invierno en Colonia.

Sloterdijk no es la única figura intelectual prominente que deliberadamente refuerza la imagen de los alemanes como víctimas indefensas que están siendo “invadidas” y que afrontan una eventual “extinción”. El escritor Bodo Strauß publicó recientemente un ensayo titulado “El último alemán”, en el cual declaraba que él formaría parte de un pueblo agonizante en vez de uno que por “razones predominantemente económicas y demográficas está mezclado con pueblos extranjeros, y por esa razón, rejuvenecido”. Siente que el patrimonio nacional “de Herder a Musil” ya se ha perdido y todavía conserva la esperanza de que los musulmanes puedan enseñarle a los alemanes una lección acerca de lo que significa seguir una tradición –ya que los musulmanes saben como presentar apropiadamente su patrimonio cultural. En realidad, Strauß, quien cultiva la imagen de un habitante de la Alemania rural del Este, llega a especular que solamente si el Volk alemán se deviene una minoría en su propio país podrá ser capaz de redescubrir y reafirmar su identidad.

Tal retórica indica un cambio profundo en la cultura política alemana: ahora es posible ser un declarado nacionalista sin ser asociado con el pasado nazi. Y es posible argumentar que Alemania necesita experimentar una especie de 1968 al revés: mientras que la gran coalición de socialdemócratas y cristianodemócratas significa que no existe una representación real de la izquierda en el parlamento, que es lo que piensan los activistas estudiantiles, hay ahora un número creciente de intelectuales bien establecidos que están preparados para argüir que no hay una forma eficaz de contrarrestar la política sobre refugiados de Merkel en el Bundestag –con la consecuencia de que la derecha necesita implicarse en la “oposición extraparlamentaria”. Una cosa es oponerse a la política específica de un gobierno: otra es pretender, como hace explícitamente AfD en su borrador de programa, que una clase política compuesta por todos los partidos ha secuestrado al sistema democrático en su totalidad: una “situación ilegítima”, afirma el partido, que el Volk necesita corregir.

Al igual que algunos radicales al final de los sesenta, la “vanguardia” de la nueva extrema derecha halla que la actualidad no es solamente de peligro apocalíptico sino también de exultación. Por ejemplo, Götz Kubitschek, un editor especializado en autores nacionalistas o totalmente reaccionarios, tales como Jean Raspail y Renard Camus, quienes advierten sobre una “invasión” o una “gran sustitución de población” en Europa. Kubitschek dice de los manifestantes de Pegida que es un placer estar furioso. También es conocido por organizar conferencias en su casa solariega en Sajonia-Anhalt para la “Plataforma Patriótica”. Su solicitud de afiliación a la AfD fue rechazada durante al fase inicial, más moderada del partido, pero ha hospedado al presidente de la AfD, Björn Höcke, en Turingia. Höcke, un profesor de escuela secundaria, disertó el último otoño sobre las diferencias en las “estrategias reproductivas” del “tipo africano expansionista de afirmación de la vida” y las de tipo europeo. Invocando trozos mal comprendidos de las teorías ecológicas de E.O. Wilson, Höcke utilizó esa, en apariencia, evidencia científica para amonestar a los alemanes por su “decadencia”.

Estas ideas han hallado significativa resistencia. Algunos intelectuales han criticado a Sloterdijk por ser un filósofo de sillón que ofrece psicología popular con muy poca consciencia de la situación real de los refugiados, o, por esa razón, de los complejos imperativos políticos con los que Merkel intenta hacer juegos malabares. (Sloterdijk a su vez, ha dicho que el está simplemente del lado del populismo, que considera como la “realpolitik de la mayoría cada vez menos silente”). El científico socila Armin Bassehi ha señalado con agudeza que la aparentemente conservadores de vanguardia no ofrecen mucho más que la visión sociológicamente ingenua de que una mayor homogeneidad nacional resolvería todos los problemas; y el novelista y ensayista Navid Kermani, quien con su muy apreciado reportaje sobre la “ruta de los Balcanes”, ha recordado a los alemanes la apremiante situación de los refugiados. Nassehi y Kermnani están entre las voces más consideradas en la Alemania actual. Sucede también que ambos son la segunda generación de inmigrantes cuyos padres llegaron a Alemania desde Irán en la década de 1950.

La AfD podría todavía fracasar en su intento de establecerse en el sistema político. Las disputas intestinas continúan, entre otros motivos porque además existen profundos desacuerdos sobre si el partido debería entrar en una colación gubernamental o permanecer en una “oposición fundamental”. No es seguro que la AfD pueda evocar con éxito el heroísmo de la resistencia y comportarse como un burgués moderado al mismo tiempo. Como el número de refugiados que llegan a Alemania ha menguado con el cierre efectivo de la “ruta de los Balcanes”, la presión sobre Merkel está disminuyendo. Pero ni conservadores ni nacionalistas están dispuestos a perdonarla por su actitud durante la crisis de los refugiados. Tres cuartas partes de los alemanes esperan actualmente que la AfD entre en el parlamento en 2017. Incluso si el partido no alcanza el mínimo exigido, éste y sus mentores intelectuales habrán producido el cambio más dramático en el principal discurso político alemán desde la unificación del país en 1990.

Fuente: THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS: http://www.nybooks.com/daily/2016/04/14/behind-new-german-right-afd/?printpage=true

Traducción del inglés: Alejandro Andreassi

 

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