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Podemos: ¿vieja o nueva política?

Andrés de Francisco y Francisco Herreros 19/04/2016
 



Introducción

Uno de los efectos más relevantes de la Gran Recesión en Europa ha sido el aumento de la desconfianza en las instituciones y los partidos políticos tradicionales y, en gran medida como consecuencia de ello, el surgimiento de partidos a izquierda y derecha que reivindican una “nueva forma” de hacer política. Prácticamente en todos los países de la Unión Europea podemos encontrar partidos que, o bien son de nueva creación, o bien son antiguos grupos políticos alejados del centro que han experimentado un aumento de sus apoyos como resultado de la crisis. En muchos casos, estos nuevos actores ya han transformado profundamente el sistema de partidos en sus respectivos países. En Italia, el Movimiento Cinque Stelle, creado en 2009, fue el partido más votado en las elecciones generales de 2014 (25.5% de los votos). En Grecia, Syriza, creado en 2004 como resultado de la convergencia de distintas fuerzas de extrema izquierda, ha pasado de la marginalidad (3.3% de los votos en las elecciones de 2004) al gobierno del país tras dos victorias consecutivas en enero y septiembre de 2015 en las que obtuvo un 36.3% y un 35.5% de los votos, respectivamente. En España, Podemos, fundado en enero de 2014, estuvo a punto de convertirse en la segunda fuerza política del país en las elecciones de diciembre de 2015, con un 20.7% de los votos. Ciudadanos, el otro partido “nuevo” en España (creado en 2006 pero que hasta 2013 había operado exclusivamente en Cataluña), se hizo con un 13.9% de los votos. En Escandinavia, en Francia, en Austria, en Holanda, en Gran Bretaña, en Alemania, partidos políticos de extrema derecha con una retórica centrada en el rechazo a la inmigración y la crítica a la “casta”, el “establishment” y las “élites corruptas” han desgastado el apoyo a los partidos socialdemócratas y conservadores. Estos partidos de extrema derecha o bien surgieron antes de 2008 pero han recibido nueva vida durante la crisis (es el caso de partidos como UKIP en Gran Bretaña, los Demócratas Suecos o el Partido Demócrata Danés) o bien son partidos de reciente creación (como Alternativa para Alemania o el Partido de la Libertad en Holanda).

Hay muchas diferencias entre todos estos nuevos partidos (especialmente en lo referido a sus posturas sobre la inmigración), pero también comparten varios elementos. Todos ellos basan su retórica en una denuncia de la corrupción de las élites políticas y económicas, de la pérdida de soberanía de los países miembros de la Unión Europea y de las consecuencias negativas sobre la población de la globalización económica. Sus recetas suelen consistir en una combinación de proteccionismo, intervención estatal (hasta partidos como UKIP o el Frente Nacional francés son ahora defensores acérrimos del Estado del bienestar), euroescepticismo y (en el caso de los partidos de extrema derecha) cierre de fronteras a la inmigración. Además, todos sostienen que su forma de hacer política es “nueva”, en oposición a la “vieja” política de los partidos centristas, socialdemócratas y conservadores que han dominado los sistemas de partidos europeos desde la posguerra. El objetivo de este artículo es determinar si realmente estamos asistiendo a una nueva forma de hacer política. ¿Qué tienen de “nuevos” los nuevos partidos que han surgido o se han consolidado como consecuencia de la Gran Recesión? Para ello nos centraremos en el análisis del caso de Podemos, uno de los más exitosos de los nuevos partidos y uno de los que más ha resaltado la idea de que representa una nueva forma de hacer política.

Dilemas y subdilemas de los partidos políticos

Los partidos políticos –antiguos, nuevos y futuribles- comparten un objetivo y una lógica. El objetivo es maximizar el número de votos en las elecciones, y la lógica, la de la competencia electoral. A partir de aquí todos los partidos políticos –antiguos, nuevos y futuribles- se enfrentan a varios dilemas y subdilemas insoslayables.

1. Un primer dilema nace de la dialéctica medio-fin. En un principio, los partidos nacen como instrumentos de transformación social, que es el fin. La transformación social es siempre –se dice o se presupone- para mejorar la sociedad, para hacerla más justa o más abierta o más solidaria o más eficiente. O lo que sea que pueda entenderse como un valor positivo. Ahora bien, desgraciadamente ese noble fin pasa por conseguir otro, en principio, subordinado al primero y anterior a él: alcanzar el poder o, cuando menos, la mayor cuota de poder posible: sin poder –suele decirse- no se puede realizar la deseada transformación social, que sigue siendo el fin último y principal.

Sin embargo, no es infrecuente que en algún momento de la vida de los partidos, alcanzar el poder pase a ser el objetivo prioritario (el poder por el poder mismo). Finalmente, muchos partidos pasan de ser medios –de fines cambiantes- a ser ellos mismos el fin. Se trata de un recorrido habitual de la biografía partidaria.

2. Relacionado con este dilema medio-fin, está un segundo dilema que podríamos denominar organizativo. Es el que se plantea entre dos fuerzas, las jerárquicas de la dirección y las democráticas de la militancia o las bases. La relación de este segundo dilema con el primer dilema es complicada. Una solución clásica –la leninista, que es bien conocida- consiste en centralizar el partido en torno a una dirección fuerte a fin de dotarlo de la mayor eficacia instrumental para alcanzar el poder o como fuerza de transformación. Que el partido bolchevique llevara a cabo una revolución con éxito testimonia en favor de la solución leninista, al menos bajo ciertas condiciones como eran las de la Rusia zarista antes de y durante la Gran Guerra. Bajo otras condiciones más convencionalmente “poliárquicas” y con consensos institucionales fundamentales, los partidos –sobre todo los que, al menos sobre el papel, aspiran a la transformación democrática de la sociedad- intentan dar ejemplo en su propia casa y buscan la máxima participación de las bases en los procesos de toma de decisión: quieren ser internamente democráticos.

Sin embargo, en su mayoría los partidos sucumben a la ley de hierro de las oligarquías. El proceso de oligarquización transcurre en paralelo al de conversión del partido en una mera maquinaria electoral o en un fin en sí mismo. La institucionalización de los partidos estabiliza una estructura de incentivos (sueldos, puestos, recompensas simbólicas, ingresos indirectos) que promueve la profesionalización y la formación de relaciones clientelares internas de patronazgo y lealtad. Por este camino el “alma democrática” de los partidos suele corromperse y sacrificarse en el altar de las direcciones fuertes y cerradas.

3. Un tercer dilema, aledaño de los dos primeros, es el que se da entre dos extremos: la adhesión innegociable a los principios y el oportunismo sin ideales. El primero –la ética de la convicción- ennoblece a la política, sin duda, y la carga de emociones morales, pero tiene riesgos propios: fiat iustitia et pereat mundus. Porque el “principio de realidad” a menudo conspira contra el reino de los fines y los deseos: es como una gigantesca roca pesada que a menudo le cae encima al que la intenta mover, con enormes daños colaterales. Por eso, el posibilismo –la ética de la responsabilidad- es siempre el fiel escudero del político prudente, del que calibra las posibles consecuencias de su acción y elige la más sensata. Así , mediante el análisis concreto de cada situación concreta, por hacer otro guiño a Lenin, abre el espacio propiamente político de la factibilidad, que es un espacio tan amplio que permite incluso las rupturas revolucionarias, pues bajo ciertas condiciones, las revoluciones son perfectamente factibles. De hecho, los grandes revolucionarios eran grandes políticos posibilistas.

Ahora bien, la ética de la responsabilidad también puede ser la coartada perfecta para el inmovilismo más reaccionario. Las retóricas reaccionarias, en efecto, suelen esgrimir argumentos prudenciales.1 El oportunismo, sin embargo, es otra cosa. El oportunismo es posibilismo sin norte, de aquí y ahora, sin ética de la responsabilidad y sin convicciones. En verdad, no transforma ni construye nada.

Si un partido ha resuelto los dos primeros dilemas de las maneras previsibles, y se ha convertido más en un fin en sí mismo que en un medio y se ha oligarquizado, entonces –casi con toda seguridad- se ha acomodado, y ha perdido sus viejas convicciones y su antiguo coraje. Forma ya parte de un engranaje de reproducción del statu quo y las apelaciones a la responsabilidad y la prudencia no serán más que justificaciones más o menos inteligentes de la pérdida de audacia. O de imaginación o de voluntad o de firmeza. Se habrá quedado sin ideales y sucumbido en mayor o menor grado al oportunismo.

4. Un cuarto dilema es el de la comunicación. Los partidos compiten en la arena electoral por un voto escaso, y maximizar el número de votos depende en buena medida del éxito de sus estrategias de comunicación. Un partido puede tener una magnífica agenda y ser incapaz o incompetente a la hora de trasladarla y comunicarla a la sociedad. O puede ser excluido de la oferta de los mass media. Viceversa, un partido puede andar flaco de ideas y programa pero acertar con una retórica persuasiva que llegue a la gente, atraiga su atención y, llegado el caso, consiga su voto. Y aquí hay varios subdilemas involucrados.

4.1. Uno es el que se plantea entre la complejidad y el alcance del mensaje. Si un partido elabora demasiado su discurso –dotándole de fundamento teórico y empírico- seguramente perderá mucha audiencia. Por el contrario, captar la atención de la audiencia implica a menudo una excesiva simplificación del discurso. El reto, naturalmente, es saber acertar con el equilibrio óptimo.

4.2. Un segundo subdilema de la comunicación tiene que ver con la tensión entre identidad ideológica y rendimiento electoral. Una ideología clara y distinta –“pura”- captará el voto de los ideológicamente afines, que bien pueden ser una minoría y a menudo lo son. Por eso, como los partidos quieren maximizar el número de votos tienden a sacrificar la pureza ideológica –desideologizándose o diluyendo su ideología- a fin de “seducir” a una base electoral más amplia.

4.3. Un tercer subdilema de la comunicación deriva de la tensión entre emociones y razones. Los partidos, cuando lanzan su oferta electoral, suelen intentar movilizar emociones básicas: sobre todo, la ira, la indignación, el miedo y la esperanza. Desde antiguo sabemos que las emociones tienen un fundamento epistémico. Ello quiere decir que no hay emociones sin la creencia correspondiente: tenemos miedo si creemos que nos acecha un peligro inminente; sentimos ira si nos creemos ofendidos sin merecerlo, y así sucesivamente con el resto de emociones.2 El problema es que esas creencias que nutren a las emociones no tienen por qué ser verdaderas o completamente verdaderas. Y el político hábil –y a veces carente de escrúpulos- sabe despertar determinadas emociones a base de inculcar en su audiencia medias verdades o incluso falsedades sin más. La ira, la indignación y el miedo se intentan despertar contra los competidores políticos; la esperanza es siempre autorreferencial: todos los partidos se presentan a sí mismos con un principio de esperanza anudado al cuello.

4.4. Un cuarto subdilema de la comunicación es el que se da entre palabra e imagen. Si los mensajes se descargan de su complejidad, si se diluyen los principios ideológicos, si se apela al corazón en lugar de a la razón y el entendimiento, entonces la imagen valdrá más que la palabra. La asesoría de imagen se ha vuelto crucial en las campañas contemporáneas tan dependientes de la televisión. Varoufakis es un académico de prestigio, pero ha sido su imagen –su moto, su vestimenta informal, su manera de andar…- la que ha dado la vuelta al mundo convirtiéndolo en una suerte de icono pop de la izquierda política mundial. En otros líderes con mucha menor entidad intelectual, la imagen es tanto más decisiva.

Todos los partidos tienen que enfrentarse a estos subdilemas de la comunicación, porque todos los partidos tienen que superar la barrera de la comunicación: tienen que llegar –y persuadir- al mayor número de gente posible o, de lo contrario, se hundirán y desaparecerán. Una de las consecuencias perversas de este hecho es la necesidad partidaria de contar con líderes carismáticos que den buena imagen y sean buenos comunicadores. Esta necesidad mantiene en movimiento el engranaje clientelar conducente a la oligarquización interna del partido, lo que nos lleva de vuelta al segundo de nuestros dilemas arriba expuesto. En efecto, el perverso sistema clientelar de incentivos se ve reforzado si el partido cuenta con un líder carismático que garantiza buenos resultados electorales. Porque todos salen ganando: las clientelas consiguen los beneficios múltiples del poder institucional y cierran filas en torno a su líder, que ve reforzada su autoridad interna y su dominio jerárquico. Por eso, oligarquización y personalismo autocrático suelen ir de la mano en la vida de los partidos.

¿ Vieja o nueva política? El caso de Podemos

Podemos ha acertado en muchas cosas, ha mostrado audacia y determinación, pero sobre todo ha sabido expresar como nadie la indignación y la rabia de mucha gente común ante la crisis económica, política y sobre todo moral, que ha sufrido este país. Y la ha convertido en discurso político con una clara columna vertebral: la necesidad de regeneración. Realmente la degeneración de la política española había llegado a tal punto que era necesario sacudir sus templos látigo en mano, y Podemos lo hizo sin complejos. Ello ha dado ya buenos frutos a la sociedad española en su conjunto: los políticos saben que han perdido su impunidad, que ya no les protege aquel grueso manto de opacidad institucional ni la ignorancia de la sociedad civil. Saben de la independencia de los jueces y de sus esfuerzos por que el imperio de la ley no sea una quimera descorazonadora. El escenario actual es distinto, y en su desinfección, sin duda, cumplió un gran servicio Podemos con su potente retórica regeneracionista.3 Como era previsible, el electorado se lo ha reconocido: en las últimas elecciones generales, Podemos y sus plataformas de convergencia consiguieron un total de 69 escaños en el Congreso, el 20,7% del voto emitido y 5.189.463 de votos. Son la tercera fuerza política de ámbito nacional y han quedado a un paso de superar al PSOE, que obtuvo el 22,01% del voto emitido, 90 escaños y 5.530.779 votos4: un éxito sin paliativos.

Pero, al margen de su éxito, aquí interesa saber si Podemos es nueva política. Interesa no sólo porque la dicotomía entre vieja y nueva política ha definido su marco de autointerpretación5. Interesa también porque esa novedad encierra una promesa de cambio y de progreso que conviene calibrar. A nuestro entender, Podemos ha introducido alguna innovación, no precisa ni necesariamente buena, pero en general las “soluciones” que Podemos ha aportado a los dilemas y subdilemas de la política electoral arriba expuestos son todo menos nuevas. De hecho, son soluciones viejas. Y su dinámica ha sido la estrictamente previsible. Veamos.

1. Estrategia de comunicación, gestión de imagen y representación especular.

Si empezamos por el final, con la cuestión de la comunicación, se aprecia que Podemos ha hecho de la imagen uno de los ejes principales de su estrategia de comunicación.6 Desde luego, todos los partidos cuidan su imagen e intentan comunicar a través ella. El predominio del medio audiovisual así lo exige, no hay escapatoria. Sin embargo, posiblemente la gestión de imagen en Podemos es más radicalmente política que en ningún otro partido, porque se sustenta –más que en ningún otro partido- en una concepción de la representación como identificación. Parece en efecto que los líderes de Podemos –y así lo dicen a menudo- quieren ser como la gente, parecerse a la gente, ser una especie de reflejo especular en el gobierno de la gente. La metáfora del espejo es central en una de las acepciones clásicas en la teoría de la representación como identificación.7 Aquí, obviamente, la gestión de la imagen y el lenguaje simbólico son fundamentales: la manera informal de vestir, la evitación de todo lo que pueda suponer etiqueta y distinción social, el tono empleado al hablar, el gesto y el lenguaje corporal,8 determinadas expresiones públicas de afecto, etc. Por eso, cuando Pablo Iglesias lució frac y pajarita en la reciente gala de los Goya, se vio en la necesidad de justificarse, y no se le ocurrió más que un chascarrillo absurdo sobre la nueva y la vieja política. La representación como identificación crea la ilusión de que el pueblo se autogobierna a través de sus representantes porque sus representantes son como el pueblo mismo. Huelga decir que a menudo es una falsa ilusión. Mucho más cuando la supuesta identidad entre representante y representado se reduce a la dimensión estética.

Hoy día, en efecto, se han difuminado las señales estéticas de diferenciación de clase, estatus y riqueza. Steve Jobs –por poner un solo ejemplo- vestía como un joven: zapatilla deportiva, vaquero y jersey o sudadera. Ningún problema. Pero digan los dirigentes de Podemos en que se parecía este señor a esa gente vulnerable que no llega a fin de mes, que padece pobreza energética, depende de los servicios sociales y es víctima del austericidio. Steve Jobs, como las minorías apoderadas y adineradas del mundo contemporáneo, pertenece al privilegiado mundo de la élite. Por más que vistiera como la gente. De hecho, esta indiferenciación estética de las clases es un síntoma de los tiempos posmodernos que corren. En un libro maravilloso sobre la posmodernidad, escribía Perry Anderson lo siguiente:

“…en la esfera pública la democratización de las maneras y la desinhibición de las costumbres avanzaron juntas… Para los años noventa, el fenómeno más sorprendente fue un general encanaillement de las clases poseedoras…”9

Las clases altas ya no ostentan una imagen diferenciada, se han “encanallado”. Como tantas otras cosas, pues, la imagen es otro significante vacío o, peor aún, engañoso. Steve Jobs podía hacer creer a sus millones de clientes (“votantes”) que era como ellos. Pero no era verdad, no era ni vivía como ellos. Hoy día todos se parecen a todos, y sin embargo, hay más desigualdad que nunca: una importante paradoja de la posmodernidad.

La imagen desde luego no se limita a la vestimenta. Incluye la puesta en escena, la escenificación. Por ejemplo: la elección de los escenarios (una plaza pública, un aula con las mesas en disposición circular), con quién apareces en campaña… Nuevamente, todos los partidos se preocupan por la puesta en escena, y Podemos no sólo no se ha quedado atrás sino que es un alumno aventajado de ese tradicional modus operandi. Pero una buena estrategia de comunicación basada en la imagen incluye, además de la escenificación, los golpes de efecto. Y aquí posiblemente Podemos ha ido más lejos que ninguno de los “viejos” partidos. Un ejemplo servirá para hacernos entender.

En el documento Un país para la gente del 15 de febrero de 2016 se dedica un solo renglón al importante tema de las políticas de conciliación de la vida familiar y la vida laboral favorables a la mujer trabajadora. ¡Un solo renglón! Y en él se dice sin más que “se impulsarán medidas a favor de la racionalización de los horarios de trabajo” (p. 43 del documento). ¡Eso es todo! Sin embargo, el día de la constitución del Congreso tras las elecciones generales, Podemos absorbe toda la atención mediante un golpe de efecto: Carolina Bescansa lleva a su bebé al escaño y le da el pecho a la vista de todo el mundo, justificándolo como acto simbólico para expresar la problemática de conciliación de la mujer trabajadora. Tal vez las mujeres que verdaderamente tienen problemas de conciliación le agradezcan el gesto a la diputada Bescansa, pero seguro que esperan de Podemos políticas más contundentes, soluciones además de gestos. 10

Aparte del golpe de efecto mencionado, en aquel día memorable se vio un Congreso diferente, con diputados de camisa remangada y sin corbata. Se vio a la nueva política vestida de calle. El Congreso cambiaba de imagen. Y cuando la inefable Celia Villalobos hizo una mención escabrosa a las rastas de Alberto Rodríguez, uno de los nuevos diputados de Podemos, insinuando una clasista asociación entre rastas, suciedad y existencia de piojos, Podemos pudo cantar victoria. Tres días después salía un interesante artículo en El País firmado por el diputado Errejón: “Desprecio patricio”. En él, el joven y brillante parlamentario, aprovechando el incidente, intentaba introducir un nuevo esquema bipolar, esta vez no entre casta y gente sino entre un supuesto patriciado y la plebe. La vieja política estaría así compuesta por patricios que vuelcan su desprecio de clase sobre los nuevos tribunos plebeyos del pueblo. En su reflexión final, Errejón corrobora lo que le imputamos aquí a Podemos: una teoría especular y simbólica de la representación centrada en la imagen:

    Todo cambio político va acompañado, a menudo precedido, por una serie de cambios estéticos, discursivos y simbólicos que marcan un quiebre de época, que fundan otro horizonte. Los diputados del cambio…[l]ibraron el miércoles una batalla cultural…: construyeron un parteaguas y ya nadie duda de que, efectivamente, este es un Congreso distinto -más parecido a España- para una etapa diferente.11

El artículo era audaz, “quiebre de época” y “batalla cultural” incluidos, pero no es convincente. La señora Villalobos tiene de patricia lo que Teresa Cascajo, la misma que Cervantes convirtió en mujer de Sancho Panza en El Quijote. Y si hemos de buscar patricios en el Congreso, la verdad, pocos hallaremos, aunque lleven traje y corbata y se corten el pelo a navaja. ¿Lo eran Aznar o Zapatero? ¿Lo es Rajoy o Patxi López? ¿Lo eran Felipe González o Alfonso Guerra o Josep Borrel? Más bien lo contrario es lo cierto: la sociedad española, como cualquier otra sociedad moderna, es eminentemente plebeya. Y sus representantes son eminentemente plebeyos. Por otra parte, los diputados de Podemos no pertenecen precisamente a la infima plebecula. En su mayoría son universitarios y una buena parte de ellos son de clase media y media-alta. Lleven rastas, usen corbata, se remanguen la camisa o luzcan pulsera de hilos. Aquí están los datos precisos elaborados a partir de la información de la página del Congreso de los Diputados:

De los 65 diputados de Podemos, Mareas y En Comú (dejamos de lado a Compromís, que pasó al Grupo Mixto) el 75.3% son licenciados (con un 12.3% de doctores). Según el INE, la media nacional en 2014 de universitarios entre los 25 y los 65 años está en el 34,7%. Podemos más que duplica esa media. Si comparamos a Podemos con otros partidos, vemos que no hay grandes diferencias: el PSOE tiene un 79.7% de licenciados (con un 16.8% de doctores), el PP tiene 87.3% de licenciados (entre los que no está, por cierto, la “patricia” Celia Villalobos) con un 15.1% de doctores. Ciudadanos es el que más licenciados tiene (90%) pero ninguno es doctor.

Todos estos partidos están muy por encima de la media nacional en nivel de formación académica. No son pues especularmente representativos del país que los eligió. Y, en cualquier caso, las batallas culturales son algo más que vestimenta, escenificación de gestos y golpes de efecto. Si no, el quiebre de época se quedará en una suerte de vaudeville de besos y abrazos, como el que tuvimos que presenciar el 2 de marzo pasado, el día en que se estrenaba Pablo Iglesias como orador en el Congreso, por cierto, con un gran discurso.

Es posible que cuanto más se parezcan los representantes realmente a los representados, tanto más democrática será la representación. Pero –con mayor o menor parecido- una verdadera representación democrática tiene que ser además substantiva. Y para ser substantiva, los representantes y los representados han de ser distintos, funcionalmente distintos. Porque los primeros tienen que actuar en favor de los segundos manteniendo con ellos una insoslayable relación de agente-principal. Los representantes son –deben ser- los agentes de quienes votaron por ellos, haciendo política en defensa de los intereses del principal, que es la ciudadanía, los representados, los electores. Y el interés primordial de éstos no es tanto que los representantes se parezcan a ellos, sino que respondan ante ellos y estén controlados por ellos. Porque el poder también corrompe a los “semejantes”, como estamos hartos de comprobar. Estos principios –responsividad y accountabiliy- son los principios básicos de la representación substantiva. Y cuando el 15-M protestaba al grito de “no nos representan”, protestaban en un sentido substantivo. No es que los políticos hubieran dejado de parecérseles; habían dejado de actuar como agentes suyos, para pasar a servir a sus propios intereses o a los de las élites. La representación especular a la que aspira Podemos –basada en la imagen y la identificación simbólica- de hecho es un modo de trascender el control democrático desde abajo y potenciar el liderazgo carismático desde arriba, tanto más cuanto que lo reflejado en el espejo de la representación es la gente, porque la gente no es propiamente un sujeto político.

Ortega –en su libro El hombre y la gente- escribe que la gente es algo indeterminado: “pero ¿quién es la gente? –se pregunta- ¡Ah! Pues todos, nadie determinado”.12 Como cualquiera puede ser la gente, resulta que ese “todos” es necesariamente masa informe e inarticulada. No es sociedad civil ni comunidad política; es sociedad-masa. Carece de autoconsciencia cívica y capacidad de autoorganización estratégica. No tiene propiamente una voluntad política. Tampoco es sociedad de clases ni agregación plural de grupos de intereses. Eso supondría romper la indeterminación de la gente, generar estructuración social y aceptar el conflicto de intereses. En consecuencia, la gente –nadie determinado- tiene que ser dirigida desde fuera, no puede autodirigirse. Como categoría política, pues, la “gente” es una noción esencialmente anti-democrática, y sólo puede encajar en un esquema de acción política donde el líder, el partido o el caudillo actúan en su nombre sobre la base de una interpretación de sus preferencias. Cabría pensar que las encuestas de opinión pueden ofrecer la base objetiva de esa interpretación, pero no es cierto. Las encuestas de opinión no extraen la opinión de la gente: ofrecen representaciones de la distribución estadística de determinadas preferencias y/o creencias y cuanto más afinan esas encuestas menos reproducen la opinión de ese todo indeterminado que es la gente y más la de grupos particulares, de edad, estatus, sexo, clase, ingreso, ideología, etc. Por lo tanto, la interpretación de la opinión de la gente por quien dice actuar en su nombre es una interpretación libre, subjetiva. Tiene un componente mágico.

Durante el proceso de ratificación de la Constitución de los Estados Unidos, en otoño de 1787, los antifederalistas defendían la representación fuerte como identificación. Pero el parecido entre representantes tenía que ser real, esto es, por clases de gente: el granjero, el obrero, el tendero, el comerciante, etc. tenían que estar representados en el Congreso en proporción a su peso demográfico en la sociedad, “porque los que están colocados en lugar del pueblo, deberían poseer sus sentimientos y estar gobernados por sus intereses…”.13 Pero, como vimos más arriba, los representantes de Podemos no atesoran ese grado de parecido. Antes al contrario, pertenecen más bien a la “aristocracia natural” que los antifederalistas combatían.14

2. La política como poder: la estructura profunda del discurso de Podemos.

Podemos no sólo es imagen y puesta en escena. También tiene discurso. ¿Es nuevo o es viejo? Creemos que en Podemos hay dos planos diferenciados del discurso, un plano superficial y otro profundo. Y pensamos que la estructura profunda de su discurso ofrece claves interesantes para entender las manifestaciones más superficiales del mismo y algunas de sus pautas de acción. Veamos.

En el plano más superficial, cualquier observador puede apreciar que Podemos ha simplificado el discurso como el que más, aunque tal vez haya cierta originalidad en el uso (y abuso) de los sencillos esquemas bipolares y maniqueos que ha puesto en circulación, tales como arriba-abajo, casta-gente, patricios-plebeyos. Todos los partidos fijan su identidad aislando las diferencias que los separan de los otros partidos. Pero esa alteridad suele ser adjetiva: igualitaristas, liberales, de izquierda, de derecha, de centro, socialistas, conservadores… La identidad de Podemos pretende ser sustantiva: somos los plebeyos, los de abajo, la gente. De esta manera, Podemos ha hecho de toda la clase política una alteridad global frente a la que ellos se presentan –se presentaban- como un partido de nuevo cuño, radicalmente diferente. Esto es una novedad.15 Pero es una novedad del discurso, no de su comportamiento político efectivo.

También, como cualquier otro partido, Podemos ha distribuido guiones y consignas entre sus portavoces. Es algo normal que siempre se ha hecho, pues nuevamente el medio audiovisual –la televisión- exige del comunicador político la capacidad para fijar pequeños mensajes, ideas-fuerza. Aun así, sorprende en gente tan joven y tan recién llegada a la política, cómo, con qué obediente disciplina, los dirigentes de Podemos repiten ante los medios una determinada retahíla, con sus puntos y sus comas. Podemos ha demostrado que domina el consignismo y las técnicas de simplificación del discurso como el más viejo de los partidos tradicionales, si no mejor. Del mismo modo, como cualquier otro partido convencional, Podemos ha sabido movilizar las emociones de la gente hacia la indignación, hacia la compasión, o hacia la esperanza: indignación ante la corrupción y la mala gestión; compasión ante las víctimas de la crisis y las políticas de recorte del gasto; esperanza ante el cambio que ellos mismos prometen. Hasta aquí las diferencias con los “viejos” partidos son más bien de matiz, salvando tal vez el esquematismo arriba mencionado, al que Podemos ha dado un sesgo propio.

En el mismo plano superficial del discurso, la oferta política de Podemos se ha decantado finalmente en un molde convencionalmente socialdemócrata: aumento del gasto social con las correspondientes estrategias de aumento de la recaudación (subidas de impuestos, reducción del fraude y efecto multiplicador de una política expansiva de la demanda agregada). Nadie puede pretender que el odre de ese vino sea nuevo. La pregunta relevante es si es una propuesta practicable en las actuales condiciones de globalización capitalista o si es creíble dada la integración de la economía española en el sistema monetario europeo. La mayor parte de los analistas académicos coinciden en el diagnóstico, según el cual las condiciones estructurales que hicieron posible el Estado del bienestar han sido barridas: alto porcentaje de la masa salarial en el PIB, baja tasa de desempleo, pacto corporatista con sindicatos fuertes, baja deslocalización industrial, economía financiera regulada y favorable distribución etaria de las poblaciones. Nada de eso está hoy a la mano. Como respuesta a las presiones de la globalización y al relativo estancamiento del crecimiento de la productividad en los años 80 del pasado siglo, por ejemplo, Suecia ha introducido sucesivas rondas reformistas que han reducido la presión fiscal y el gasto público, han flexibilizado la regulación del mercado financiero, han abierto un creciente número de sectores económicos a la competencia, han reformado las pensiones y han privatizado empresas públicas. Estas reformas se han retomado con fuerza desde el inicio de la Gran Recesión. Desde 2008, se han eliminado nuevos impuestos (como el del patrimonio) y reducido otros (como el de sociedades), se ha flexibilizado el mercado laboral y se han liberalizado nuevos sectores.16 Suecia no es el único caso, por supuesto, pero es muy ilustrativo.

Aunque seguramente hay margen para aumentar la recaudación fiscal y el gasto social, lo cierto es que la crisis del modelo socialdemócrata de posguerra es estructural. Por eso la izquierda más imaginativa (y en el fondo más sincera) está proponiendo la superación del marco laborista que estaba en la base de aquel modelo, la diferenciación entre work y labour, y la incorporación de nuevos esquemas mentales, nuevas formas de relación social y económica, nuevos mecanismos de redistribución, la recuperación de los commons, más democracia real y una cultura posmaterialista y ecológica.17 Poco o nada de esto se encontrará en el discurso de Podemos.

Sin embargo, seguimos en el plano superficial del discurso de Podemos. En el plano más profundo nos encontramos algo bien distinto. Nos encontramos con una descarnada concepción de la política como Machtpolitik: la política es, ni más ni menos, poder y contrapoder, puro juego de fuerzas. Es, como ya dijera Clausewitz, la continuación de la guerra por otros medios. Esto lo han escrito y dicho muchas veces los principales líderes de Podemos, pero quizá la mejor exposición de esta concepción neoschmittiana de lo político se encuentre en la intervención de Pablo Iglesias con ocasión de la presentación de un libro del profesor Castells en julio de 2015.18 Puede verse dicha intervención en la siguiente dirección de internet: https://www.youtube.com/watch?v=730LBBehnk8. Que el poder sea parte intrínseca de lo político, no lo duda nadie. Que lo político sea esencial y exclusivamente “poder” es la posición radical defendida por Pablo Iglesias, que nosotros no compartimos. Veámoslo.

Pablo Iglesias va directo al grano y empieza con la célebre pregunta de Stalin al ministro francés de asuntos exteriores, Pierre Laval, en mayo de 1935: “Ah, el papa, ¿cuántas divisiones tiene el papa?” Las convicciones morales, los principios morales están muy bien. Incluso los análisis académicos, las explicaciones científicas, los diagnósticos acertados; todo eso está muy bien, pero sin divisiones, sin poder, no sirven para nada. Así lo dice Pablo Iglesias en la citada intervención:

¿Cuántas divisiones tenemos? Cuando no tenemos divisiones, cuando en política no tienes poder, no tienes nada. En política no cuentan las razones…, en la política cuenta el poder”. (cursiva nuestra)

Dejamos de lado el hecho de que la Iglesia sobrevivió a Stalin, sin divisiones, y que Stalin utilizó su enorme poder, entre otras cosas, para aterrorizar a su propio pueblo. Lo importante es que ese reduccionismo de lo político a puro poder y meras relaciones de fuerza tiene problemas propios. El primero es que, en ausencia de criterios morales, el ejercicio del poder se justifica a sí mismo. Si lo decisivo, si lo que cuenta es el poder, la única cuestión relevante es la de su acumulación o su pérdida. Esta primacía reduce la política a estricta voluntad de poder. En segundo lugar, en ausencia de criterios morales, la voluntad de poder puede orientarse sin trabas hacia cualquier objeto u objetivo. Puede ser un objetivo perverso, pero la lógica del poder lo justificará si ello contribuye a mantenere lo stato, como dijera Maquiavelo, y desactivar la amenaza de cualesquiera contrapoderes que se interpongan. En tercer lugar, si en política las razones no cuentan, esta metafísica del poder convierte la razón práctica en mera racionalidad instrumental: todo pasa a ser un medio para la voluntad de poder: las ideas, los valores, hasta las mismas razones y creencias. Todo cambia y se adapta a las necesidades de aquella voluntad. Lo que ahora vale, mañana puede no valer. La mentira, la manipulación, la deslealtad: todo está permitido. La política como puro poder conduce derechamente al oportunismo.

¿Ha sido así la política real? ¿No ha habido en la historia más que Machtpolitik? ¿Es descriptivamente correcta la posición radical de Pablo Iglesias? No. En el registro histórico hay multitud de casos en los que la política ha sido el espacio del consenso, de la deliberación razonada, de las convicciones, del altruismo y el sacrificio heroico. De hecho, los avances cosmopolitas hacia la paz perpetua que en el mundo ha habido –pocos o muchos-, la lucha por el derecho, deben tanto o más a la pertinacia de los principios y la fuerza de la razón que a la distribución de poder bruto entre los distintos sujetos políticos. Seguramente, no se habrían alcanzado jamás sin esos principios y esas razones. Por otro lado, si las razones y los principios no cuentan, ¿por qué necesita el poder invertir en legitimación? Si lo que cuentan son las divisiones, ¿para qué producir hegemonía cultural con el fin de ganarse el consentimiento de las clases dominadas? ¿Para qué necesitan una ideología los grupos de poder? A la inversa, ¿para qué producir contrahegemonía desde abajo, para que librar “batallas culturales”? Además, aun con todo el poder en su mano, y aun teniendo las mejores intenciones, el político debe tomar decisiones; y las decisiones del buen político han de estar basadas en razones prudenciales, porque de lo contrario su acción puede tener efectos laterales perversos. El principio de compatibilidad de incentivos ha de ser respetado a la hora de tomar decisiones políticas, aun teniendo todo el poder. En definitiva, hay muchos motivos por los que las razones (y los principios) cuentan en política.

Un cuarto problema del reduccionismo de la política a Machtpolitik es que no hay criterios exógenos para evaluar la acción política. Queda justificada en la cantidad de poder manejada. Veamos un ejemplo particularmente ilustrativo. En la mencionada intervención, Pablo Iglesias habla del dramático caso griego del verano pasado, tras el referéndum. Según él, Tsipras hizo lo que pudo, dado el reducido número de divisiones con las que contaba. Iglesias reconoce que el referéndum griego del pasado verano sólo tuvo un valor instrumental, para aumentar el poder negociador del gobierno griego ante la troika. El pueblo griego fue consultado y dijo “oxi”, un “no” rotundo al nuevo programa de rescate europeo. Pero la troika no respetó la voluntad del pueblo griego y reaccionó antidemocráticamente con un programa aún más duro de recortes y privatizaciones salvajes. Así analiza lo ocurrido Pablo Iglesias.

Debe ser que Tsipras sí respetó la voluntad de su pueblo, al que él mismo había convocado a una consulta. Por eso, lejos de dimitir, aceptó obediente el dictado, no del referéndum, sino de la troika, e impuso en Grecia ese segundo programa austericida, aún más severo. Pablo Iglesias no aprecia incoherencia alguna en la actuación de Tsipras, porque todo se reduce nuevamente a una mera cuestión de poder negociador: dada la debilidad de su posición –continúa Iglesias- Tsipras no pudo hacer otra cosa. Y no porque no tuviera alternativa sino porque la alternativa era el grexit, sacar a Grecia de la eurozona. Y, ¿cuál era el problema de esa alternativa? La respuesta es sorprendente: ¡el pueblo griego no querría eso! Aquí, al parecer, sí se respeta la voluntad del pueblo griego -una voluntad imputada-, no la expresada de hecho en el referéndum. Escuchemos al político Iglesias:

Lo que ha hecho el gobierno griego es, -tristemente- lo único que podía hacer… Porque la alternativa era salir de la eurozona… algo que ni siquiera tendría consenso democrático…porque si preguntamos a los griegos “¿Dentro o fuera?”, los griegos dicen “Dentro de la eurozona””.

La voluntad del pueblo griego sirve para justificar la violación manifiesta de la voluntad del propio pueblo griego. Tsipras no pudo hacer otra cosa: no tenía suficientes divisiones.

La escasez relativa de poder lo justifica todo, también la oferta política, incluso el minimalismo reformista. Veamos cómo responde Pablo Iglesias a la pregunta “¿Qué podemos hacer?”:

No podemos hacer grandes cosas: una reforma fiscal, defender la desprivatización de la sanidad y defender una educación pública. No podemos hacer mucho más. Defendemos lo mismo que defendía la democracia cristiana hace treinta años…” (cursiva nuestra).

El lector ha leído bien. Podemos tiene pocas divisiones y con tan escaso poder no puede ir más allá del proyecto social-liberal de la democracia cristina de hace treinta años. Además, en esa misma intervención reconoce abiertamente que “el capitalismo es irreformable”. Sic. Y continúa:

Si nosotros ganamos, aquí los enemigos fundamentales no van a estar en el Eurogrupo. Van a ser élites locales, y a las élites locales les vamos a poder hacer llorar un poquito“.

El lector también ha leído bien: al Eurogrupo ni se le toca. Al mismo bloque antidemocrático de poder que doblegó al pueblo griego, a ése lo dejamos tranquilo. Como mucho se hará “llorar un poquito” a las élites locales… Pablo Iglesias concluye su intervención con este final revelador:

¿La política es bonita? No. Es absolutamente horrible, abyecta. Es lo peor, pero… lo que ha demostrado la situación que hay en Europa es que la política depende del poder que tienes”.

Cabe preguntar si para este viaje tan frustrante y de tan corto vuelo se necesitaban unas alforjas tan llenas de indignación crítica y esperanzas de cambio. En cualquier caso, este es el núcleo del pensamiento político profundo del líder de Podemos. Lo ha expresado, como decíamos, en innumerables ocasiones, que el lector puede comprobar fácilmente utilizando su navegador de internet. Y explica muchas cosas. Sin embargo, tiene un último problema intrínseco, a saber, que la democracia no es sólo poder, sino también contrapoder. Es ambas cosas a la vez: poder y contrapoder. Porque, como decía Maquiavelo –y decía bien- la principal inclinación del pueblo no es dominar, sino no ser dominado. Los grandi quieren el poder para dominar al pueblo. El pueblo quiere un contrapoder para escapar a la dominación y vivir en libertad.19 Esto significa que la democracia, si lo es realmente, resta poder incluso a los líderes que dicen representar la voluntad popular, a los caudillos del pueblo, a los Césares democráticos. Resta poder a los propios representantes electos. La democracia es necesariamente contrapoder cíudadano: control, disputabilidad y participación activa del demos; como decíamos más arriba: responsividad y accountabiliy. Lo que nos lleva al segundo de los dilemas arriba planteados: el dilema organizativo.

3. De la democracia asamblearia al personalismo autocrático.

Un reciente análisis sobre la calidad democrática de los partidos políticos españoles20 situaba a Podemos como el segundo partido con mayor calidad democrática, sólo por debajo del BNG. Esto no quiere decir que Podemos sea un partido muy democrático, ni siquiera según los criterios de dicho análisis. Una de las conclusiones más significativas del informe es, de hecho, que ninguno de los partidos políticos españoles (incluyendo a los dos partidos nuevos, Podemos y Ciudadanos) aprobaría los criterios de calidad democrática exigidos en países como Alemania o Gran Bretaña. Algunos partidos, especialmente el PP, Unió o CDC, destacan por ser especialmente poco democráticos. Los demás se mueven en una puntuación global entre el 4 y el 6 en una escala de 1 a 10, con Podemos en el extremo superior (5.5) y partidos como el PSOE y el PSC más cercanos al extremo inferior (4.3). Ahora bien, si observamos los indicadores desagregados, Podemos no puntúa muy alto en democracia interna (3.9, frente a 3.8 en el caso del PSOE), mientras que en otros dos apartados (el informe distingue entre 5) su puntuación es alta pero no por delante de un “viejo” partido como el PSOE (ambos empatan en el indicador de “publicidad de los códigos éticos”, mientras que el PSOE está por delante en “información pública sobre el partido”). Donde parece destacar Podemos por delante de otros partidos, y lo que hace que el indicador agregado sea algo mayor que en el caso del PSOE, es en el sistema de elección de candidatos, algo más abierto en el caso de Podemos gracias a la participación de simpatizantes. No obstante, la reciente experiencia de elección de candidatos de Podemos para las elecciones generales de diciembre de 2015 no permite ser muy optimista acerca de lo “abierto” del proceso. La elección de Pablo Iglesias como candidato a la Presidencia del Gobierno se llevó a cabo a través de unas primarias realmente poco competidas y con muy baja participación. Sólo un 16% de los inscritos con derecho a participar votó, y de ellos un 82% lo hizo por Pablo Iglesias y su equipo. La muy baja participación fue probablemente consecuencia de la falta de competencia real: el resultado estaba predeterminado antes incluso de votar. Posiblemente para dar imagen de pluralidad se presentó incluso una suerte de “candidatura Potemkin”, “Territorios CQP”, con miembros muy próximos a la dirección de Podemos.21 El reglamento de las primarias, aprobado en julio de 2015 (con la oposición de los Consejos Ciudadanos de Andalucía y Asturias), introducía varios elementos que de hecho reducían la competencia real.22 Por un lado, las primarias no se realizarían a nivel regional, sino en todo el Estado, una forma de afirmar el poder de la dirección nacional frente a las organizaciones regionales. De hecho, direcciones regionales como la andaluza protestaron en repetidas ocasiones por su falta absoluta de control sobre la elaboración de las listas para las elecciones generales.23 Por otro lado, la dirección nacional se reservaba el derecho de modificar las listas (aunque estas fueran el resultado de las primarias) para situar a candidatos de su elección fruto de acuerdos con otras fuerzas políticas. Esto generó conflictos en el País Vasco, donde se impuso al representante de Equo como cabeza de lista en Álava (lo que llevó al cabeza de lista por Vizcaya a lamentar que “los resultados de las primarias no se hayan respetado”)24, y finalmente a la dimisión del secretario general de Podemos-Euskadi, Roberto Uriarte, y otros 19 miembros de la dirección. Otro tanto ocurrió en Andalucía, donde la dirección del partido impuso a Marta Domínguez como número uno por Córdoba en sustitución de Antonio Manuel Rodríguez que había sido elegido por las bases.25 Todo esto lleva, al menos, a cuestionar que la selección de candidaturas se lleve a cabo por medio de un proceso justo y competido. Más bien da la impresión de que la dirección del partido tiene amplios poderes para elegir las listas a su antojo.

Tanto en la campaña electoral previa al 20D como en la estrategia subsiguiente de cara a posibles pactos de gobierno, Podemos disparaba contra el PSOE poniendo en cuestión el mando de su líder. Pedro Sánchez era un líder débil porque no mandaba en el PSOE. Este argumento lo utilizó Pablo Iglesias en el célebre debate preelectoral a cuatro bandas de La Sexta, y lo repitieron literalmente otros miembros de Podemos después de las elecciones. Al parecer, Pedro Sánchez no mandaba en el PSOE porque en el PSOE había una pluralidad de voces, y un comité federal en el que esas voces expresaban sus diferencias. Esta situación para Podemos reflejaba una preocupante falta de liderazgo, es decir, una preocupante incapacidad de Pedro Sánchez para imponer su voluntad al partido. El reverso necesario de esta crítica era que, por el contrario, Pablo Iglesias sí manda en su partido, y no tiene frenos y contrapesos dentro de la organización ni la necesidad de alcanzar consensos internos mediante la discusión democrática plural. En la noche del 15 de marzo del presente año, Pablo Iglesias cesaba fulminantemente a Sergio Pascual, secretario de organización de Podemos, tras la dimisión en Madrid de diez miembros del Consejo Ciudadano autonómico. Al parecer Pablo Iglesias quita y pone en Podemos con mano firme, a su antojo, sin que medie decisión colegiada alguna. De hecho, los estatutos le dan esta inusual prerrogativa autocrática. El poder dentro de la organización es claramente un poder vertical, de arriba abajo. En el discurso que Pablo Iglesias leyó en el debate de investidura del 2 de marzo, quedó clara su admiración por el Maquiavelo de El Príncipe y por el personaje de César Borgia, el astuto y audaz duque de Valentinois, hijo del papa Alejandro VI. En El Príncipe de Maquiavelo no hay lecciones de democracia. El objetivo del gran florentino en este librito inmortal era enseñar al príncipe el camino del poder y, una vez allí, mantenere lo stato. Cuando por fin César Borgia hubo tomado la Romagna, tras muchos esfuerzos, mucha astucia y mucha audacia, mandó a Ramiro de Orco como ministro suyo a pacificarla manu militari. Una vez cumplida su misión, para granjearse el favor del pueblo y hacerse perdonar los excesos del ministro, este feroz caudillo renacentista tomó una decisión radical: una mañana hizo partir en dos el cuerpo del ministro y expuso los dos pedazos en la plaza de Cesena “con un trozo de madera y un cuchillo ensangrentado al lado”.26 La fulminación de Sergio Pascual responde a razones opuestas, no haber tenido la suficiente mano dura (o mano izquierda) como para frenar la crisis del partido en Madrid. Y desde luego conserva íntegro su cuerpo. Pero en ambos casos el mensaje indirecto es el mismo. En la Romagna mandaba César Borgia; en Podemos manda Pablo Iglesias. Rafael Mayoral, diputado de Podemos, no tardó en dejarlo claro: “había que lanzar el mensaje de que aquí hay organización y dirección política”.27 ¿Vieja o nueva política? ¿En qué quedó aquello de “todo el poder a los círculos”, con el que Podemos se presentó en el cine Palafox aquel domingo, 19 de febrero de 2014? Y Pablo Iglesias, ¿ya no es el “humilde portavoz” que decía ser hace año y medio?

A partir de ahora, y tras las dimisiones en cascada de las direcciones regionales díscolas y críticas –en Cataluña, Euskadi, Galicia, Cantabria y Madrid-, quedará seguramente un Podemos pacificado, esto es, un partido con direcciones leales y clientelarizadas –unidas por la ambición y el temor-, con una estructura de poder incuestionadamente vertical, con consejos fidelizados en los que no faltará –nunca faltó- el nepotismo, sin bases que controlen pero que legitimarán plebiscitariamente a la dirección, una dirección cerrada en torno a la figura del gran líder entronizado en la cúspide del poder. Se habrá consumado la destrucción total del espíritu 15-emero que un día alentó a este joven partido. Y en un tiempo record. Podemos será en parte un medio para conseguir cuotas de poder –de forma oportunista- y en parte un fin en sí mismo. Pero poco tendrá ya de instrumento de transformación social.

4. Nueva política y viejo oportunismo.

¿Cómo ha resuelto Podemos el tercer dilema que expusimos más arriba? ¿Es Podemos posibilista? ¿O es más bien oportunista? ¿Tiene una ética de la convicción o sus ideales van cambiando según las circunstancias? Ya vimos que una de las consecuencias del reduccionismo de la política a puro poder era el oportunismo. Vimos también cómo la “gente” era un concepto abierto que permitía la imputación oportunista de preferencias e intereses cambiantes: en nombre de la “gente” se puede hacer y decir cualquier cosa. Tal vez ambas cosas expliquen el cambio constante de propuestas e ideas que ha caracterizado a Podemos prácticamente desde su origen. Javier Marías lo expresaba con gracia no hace mucho. Según él los líderes de Podemos se han dedicado a “brincar por el tablero con la misma facilidad que los caballos de ajedrez: ahora somos de extrema izquierda, ahora socialdemócratas, ahora de centro, ahora estamos con “los de abajo” como Perón, ahora creemos en la democracia, ahora en el asambleísmo, ahora queremos arrumbar la Constitución, ahora preservarla y reformarla, ahora defendemos el “derecho a decidir”, ahora a medias, ahora tenemos por modelo a Venezuela, o no, mejor a Dinamarca …”.28

En realidad, en su asalto a los cielos –en su camino hacia el poder- Podemos no ha hecho sino soltar lastre de convicciones, vaciar la mochila de ideales, cambiar de ideas. Discurso propiamente anticapitalista, nunca tuvieron; de hecho, ya vimos que para Pablo Iglesias el capitalismo es “irreformable”. Ahora dicen ser socialdemócratas y le disputan ese espacio político al PSOE, aunque en sus accesos de sinceridad dicen no poder rebasar el estrecho horizonte de la democracia cristiana de hace treinta años. Ya lo vimos. De sus ideas más radicales y transformadoras, nada se sabe: renta básica, auditoria de la deuda… Incluso ya casi ni se habla de reestructuración de la deuda.29 ¿Salida del euro, salida de la OTAN? De eso nada: nos quedamos. Sus vínculos con Grecia o Venezuela se han ido modulando (y ocultando) de la manera más oportunista. Sus esquemas conceptuales básicos también cambian según la oportunidad de cada momento. Hace pocos meses el eje izquierda y derecha estaba obsoleto. Ahora, en el proceso de negociación con el PSOE para formar gobierno el eje izquierda-derecha vuelve a ser clave. Como cualquier otro viejo partido, el tacticismo domina la negociación de Podemos, mirando de reojo a las posibles elecciones anticipadas y con la calculadora de utilidades privadas en la mano. Hasta hace nada Podemos no quería formar gobierno con el PSOE porque no se fiaba del PSOE; luego, inmediatamente después, quería formar gobierno porque no se fiaba del PSOE. La misma razón vale para una estrategia y su contraria. El único tema divisivo que Podemos mantiene es el del referéndum en Cataluña, pero sobre todo desde que forjó su alianza con En Comú. Momentos hubo en que Podemos tanteó otra estrategia para Cataluña. Cosas ni siquiera socialistas sino liberales como la relación Iglesia-Estado ni se tocan: la palabra Iglesia ni aparece en las 98 páginas del reciente “programa de gobierno”, Un país para la gente. La monarquía, bueno, en otro momento. En ecología, encontramos propuestas aisladas pero no pensamiento ecologista: el problema ecológico central de los límites al crecimiento se obvia. Realmente Podemos ha llegado muy pronto a un programa de mínimos, antes de haber tocado poder real: ¿pesimismo de la inteligencia o de la voluntad? Acabamos con dos interrogantes: ¿cuál era realmente el valor de sus máximos? ¿Cuántas auténticas convicciones había en su ética de la convicción?



1 Cfr. A. O. Hirshman (1991), The rhetoric of reaction, Cambridge, Mass: The Belknap Press of Harvard University Press.

2 Cfr. Nussbaum (2001), Upheavals of thought, I:1y2, Cambridge: Cambridge University Press.

3 Obviamente, muchos otros partidos (UPyD, muy señaladamente, pero también C’s), muchos colectivos, individuos, organismos, sin olvidar el 15M, han contribuido a ese proceso de regeneración: la sociedad española en su conjunto está más politizada ahora que antes de la crisis (Cfr. Sebastián Lavezzolo, “¿Estamos más politizados que antes de la crisis?”, eldiario.es, 14/02/2016).

4 Casi un millón y medio menos de votos y 20 escaños menos que en 2011.

5 También Ciudadanos, huelga decirlo, ha utilizado el mismo marco.

6 Cf. el Informe interno de Podemos, Estrategia de comunicación del secretario general, del 15 de abril de 2105.

7 A su vez, una variante de la representación “descriptiva” como stanging for. Cfr. H.F. Pitkin (1967), The Concept of Representation, Berkeley: Univ. of California Press, esp. pp. 78-9.

8 El Informe recién citado insiste en estos elementos de tono y gesticulación, recomendando un tono narrativo y explicativo más que mitinero o gestos que no dejen traslucir soberbia en el líder.

9 P. Anderson (1998), The origins of posmodernity, Londres: Verso, p.86.

10 Golpe de efecto fue también la inopinada oferta de gobierno al PSOE –con toda la distribución de carteras y altos cargos ya hecha- cuando Pedro Sánchez todavía estaba reunido en Zarzuela con Felipe VI. Por sorpresa, en televisión. Un golpe audaz, sin duda. Habría otros muchos golpes de efecto que reseñar.

11 I. Errejón, “Desprecio patricio”, EL PAÍS, 16 de enero de 2106. Cursivas nuestras.

12 Ortega y Gasset (1957), El hombre y la gente, cap. VIII. Puede verse en http://www.ramonlucas.org/ortega/Hombre-Introd.pdf

13 Brutus (15/11/1787), Essays, III 2.9.42, en Herbert J. Storing (1981), The Anti-Federalist, Chicago: University of Chicago Press, p. 125.

14 Cfr. Brutus, op. cit., pp. 125-6.

15 Ciudadanos también es un partido “nuevo”, pero no en el mismo sentido que Podemos. C’s entra en política aceptando el universo conceptual vigente y definiéndose como un partido liberal a la vieja usanza. Y no hace una enmienda a la totalidad de la clase política.

16 Un resumen de las reformas emprendidas por Suecia en las últimas tres décadas se puede encontrar en http://www.reforminstitutet.se/wp/wp-content/uploads/2014/03/Twentyfiveyearsofreform140301.pdf

17 Cfr. G. Standing (2014), El precariado: una carta de derechos, Madrid: Capitán Swing.

18 Es conocida a este respecto la influencia que pensadores posmarxistas y neoschmittianos como Toni Negri y Chantal Mouffe han tenido en Pablo Iglesias y en el grupo dirigente de Podemos egresado de la facultad de CC. Políticas de la UCM. Pablo Iglesias ha entrevistado en Otra vuelta de Tuerka a ambos pensadores: cfr. www.youtube.com/watch?v=BOpTvdOXF9U para la entrevista a Negri y www.youtube.com/watch?v=BXS5zqijfA4 para la de Mouffe.

19 Maquiavelo, El Príncipe, IX.

25 Lo que motivó la elaboración de un manifiesto pidiendo el consenso con las bases en la confección de las listas, un manifiesto firmado por 13 de los 15 diputados en el parlamento andaluz, entre ellos Teresa Rodríguez. Obviamente, el manifiesto quedó en letra mojada, y nadie dimitió.

26 El Príncipe, VII, pág. 114.

27 Eldiario.es 17/03/2016.

28 Javier Marías, “Esto no estuvo aquí siempre”, El País, 14/02/2016.

29 Es anecdótico –y vagamente testimonial- lo que se dedica a este tema crucial en el último documento programático de Podemos, Un país para la gente, del 15 de febrero de 2016.



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